Archivo mensual: julio 2010

-Jaime Ayala, 2 de agosto de 1984

No olvidemos a Jaime Ayala Sulca, periodista, que apenas había cumplido 22 años cuando fue asesinado (“presuntamente” añadimos, para formalizar) por miembros de la infantería de Marina al mando del capitán de corbeta Alvaro Artaza (a) Camión.
La desaparición del periodista es un baldón para la Marina de Grau, tal como fueron también las actividades del siniestro batallón que se había instalado en el Estadio Municipal de Huanta y mantenía un lugar especial para torturas y asesinatos.
Es verdad que hasta ahora no ubican los restos del colega pero cada vez desentierran más restos humanos del Estadio probándose así que aquel lugar era un siniestro campo de exterminio de proporciones escalofriantes.
En cualquier momento, y gracias al ADN, surgirá de la tierra el testimonio de que Ayala fue muerto, descuartizado y enterrado en el Estadio.
La historia es breve y dramática. Ayala mantenía un programa en “Radio Huanta 2000” y era corresponsal del diario limeño La República y por tanto informaba de manera constante los sucesos de Huanta, lo que incomodaba a la Marina.
La noche del 1ro. de agosto un grupo de infantes entró en su casa cuando él no estaba, golpeó a su madre, le rompieron la nariz a su hermano, revolvieron el lugar y se marcharon con insultos y amenazas.
Al enterarse al día siguiente, Jaime Ayala fue a la Comisaría a sentar la denuncia pero no quisieron aceptarla. Entonces decidió ir al Cuartel pese a los ruegos de parientes y amigos que intentaban disuadirlo. Fue inútil. Se presentó en el Estadio, pidió ver al Comandante Artaza y sus amigos lo vieron entrar.
Lo esperaron inútilmente pues nunca más salió.
La desaparición y el peligro de que hubiera sido asesinado era tan evidentes que más tarde se elevó la queja al Poder Judicial, los marinos plantearon una “contienda de competencia” para juzgar al capitán Artaza en el fuero militar pero finalmente se impuso el criterio civil y condenó al militar a prisión.
Y pasó lo inconcebible. Artaza fue presuntamente secuestrado y desaparecido en una esquina cualquiera en Lima, en 1986, y poco después la Marina pidió y obtuvo una declaración de “Muerte presunta”, creyendo que así se zanjaba el problema para siempre.
Siempre se dijo que Artaza había sido enviado a los Estados Unidos e incluso hace pocos años se afirmó que había regresado a Lima pese a estar “muerto” por sentencia judicial.
El caso de Jaime Ayala no es una especulación. La Comisión de la Verdad reunió información de cómo actuaba la Marina en Huanta y hasta hubo testigos del trato cruel que recibió el periodista.
Ya han pasado 26 años de aquel día aciago y su familia mantiene la esperanza de probar su asesinato y señalar a los oficiales que permitieron y quizá alentaron tantas atrocidades, como lo evidencian los restos humanos descuartizados que surgen en cada metro del Estadio.

TV: el dolor como noticia

¿Cuándo descubrió la televisión la alta rentabilidad de las lágrimas en vivo y en directo y como noticias abridoras de sus noticieros centrales?
Los melodramas del cine primero y los radioteatros después fueron eficaces bombas lacrimógenas para todos pero había una diferencia fundamental: nosotros “sabíamos” que eso era mentira y que los guionistas apelaban a lo que se llama periodísticamente “fibras íntimas” para convocar un par de lágrimas y, porqué no, hasta un sollozo.
Pero hay un momento en la historia de la TV (punto de quiebre que no ubico pues no soy especialista) en que los periodistas se convierten en una especie de guionistas y transforman lo que antes era una noticia en un espectáculo que se rige más por los ritos y códigos de la dramaturgia que por los simples y venerables de la información.
Ningún noticiero local de hoy que se respete abrirá su escenario anunciando lo que ha pasado de importante y significativo en el país y mucho menos en el mundo, porque aquí de lo que se trata es de mostrar cómo lloran los demás por la muerte de sus seres queridos.
“¿Tenemos un buen velorio?” es probable que pregunte un editor a sus reporteros, a juzgar por las imágenes que nos ofrecen.
La política, la economía, los movimientos sociales, que antes eran las nuevas principales han sido definitivamente postergadas por el desfile de dolientes de padres de familia asesinados, niñas secuestradas, madres mal atendidas en hospitales, jóvenes secuestradas, desconocidos atropellados y muertos, autobuses desbarrancados, obreros abaleados por sicarios, empleados infortunados ultimados por “marcas”…
Y cuando no hay imágenes reales está la solución de la Dramatización del hecho en que actores reconstruyen el suceso.
El periodismo solía tener una respuesta ante reclamos por exageraciones: “solo somos mensajeros… ustedes ponen los hechos y nosotros los contamos como noticia”. Y es verdad pero solo parcialmente porque el buen periodismo jerarquiza, escoge y difunde lo significativo.
Es, en suma, el dolor como espectáculo.
Y en este orden de cosas hay también que llamar la atención sobre la pobreza convertida en atracción televisiva. Una vez por semana un programa de televisión lleva a alguna figura conocida para que comparta las penas y pesares de una familia que debe ser lo más mísera imaginable, y escogen tan bien que los pobres se sienten reconfortados de ver como hay más pobres que ellos…
Esto es lo que tenemos aquí: una televisión trivial, empobrecida, que –salvo raras excepciones- ha abandonado su rol informativo para convertirse en un espectáculo de miserias.

El (muy difícil) gremio de periodistas

Producto de un largo proceso de deterioro de unos veinte años, el Colegio de Periodistas del Perú vive su peor momento. El local de la av. Canevaro está cerrado con candado, sin servicios mínimos y en general, tanto el edificio como la institución son perfectamente inútiles para un gremio tan importante.
Hasta hace poco sobrevivía gracias a un par de academias que habían recortado el espacio para los colegas; y los únicos entusiastas que acudían a veces era el puñado de miembros de la Asociación de Periodistas Policiales del Perú, la venerable Apepol.
Las últimas directivas han sido un verdadero desastre y han empeorado las cosas. Hoy, la última ha excedido largamente su mandato y ni siquiera pudimos participar como Colegio Profesional en la elección del Consejo Nacional de la Magistratura. El Colegio tiene tantas deudas y problemas que ningún colega destacado quiere asumirlo y sus despojos han terminado como objeto de disputa de nadie y para nada.
¿Quiere decir esto que los periodistas estamos a la deriva? No, porque funcionan de manera efectiva la Asociación Nacional de Periodistas (ANP), la Federación de Periodistas del Perú (FPP) y la más pequeña de todas, el Club de Periodistas del Perú (CPP)… que me honro en presidir.
Las dos primeras están de aniversario y esto motiva mi lamento por el Colegio a la vez que entusiasmo por sus avances en cuestiones que interesan a los periodistas como la vigilancia de la libertad de prensa, la formación profesional y, por sobre todo, la atracción de nuevas generaciones que observaban con cautela, y pesimismo, las instituciones gremiales.
La primera que fue fundada en 1928 conoce hoy la prosperidad y estabilidad gracias a directivos como el histórico Roberto Mejía Alarcón y la decisiva Zuliana Laynes, de la nueva generación. La ANP, recordarán, es la propietaria de la flamante Universidad de Periodismo Jaime Bausate y Mesa (antes Instituto) y maneja un conjunto de actividades nacionales e internacionales que la hacen importante para el gremio.
La FPP, fundada en 1950, es liderada hoy por el veterano sindicalista Bernardino Rodríguez que hace esfuerzos por devolver a la institución el peso y prestigio que tenía años atrás. Su influencia se fue debilitando pero hoy están empeñados en volver a captar a los colegas.
¿Y el Club de Periodistas del Perú? Fue fundado en 1963 como neutral, apolítico, sin más objetivo que la amistad y el reconocimiento de pares; y ahí estamos todavía, revitalizados gracias a colegas empecinados como Domingo Tamariz, nos reunimos los últimos sábados de cada mes y hasta editamos la revista “Qué Tal”.

La Vuvuzela derrotó al periodismo

Los periodistas que asistieron al Mundial de fútbol que se acaba no lo recordarán por la decepción argentina, o el fiasco alemán o la garra uruguaya. Se traen como pesadilla el ulular terrible de un modesto artilugio llamado “Vuvuzela”.
Es un instrumento musical tan antiguo que nadie sabe con certeza porqué se llama así. Algunos creen que el nombre proviene de “vuvu” una voz zulu que significa ruido en castellano y piensan también que imita el trompeteo de los elefantes (los paquidermos “barritan” dice el diccionario).
No fue tampoco novedad su aparición en las calles de Johannesburgo el día de la inauguración porque mucho las habían visto y oído en celebraciones africanas.
Pero lo que nadie imaginó es que unas 50 mil vuvuzelas tronando a la vez se convertirían en un horrísono sonido capaz de llevar a la desesperación a los colegas que trataban de hacerse oír en sus transmisiones.
Luego del primer día o del debut vuvuzelo una serie de pedidos abrumaron a la FIFA, desde jugadores hasta dirigentes y por supuesto periodistas para que se detuviera la agresión acústica que amenazaba con desestabilizar al periodismo mundial. Pero no hubo caso pues la FIFA consideró que se trataba de de un instrumento típico de la cultura del país anfitrión y se negó a impedir su ingreso a las tribunas.
La vuvuzela ganó la batalla y su cruel zumbido ha torturado partido a partido a todos, incluyendo a los propios africanos.
El sonido despertó curiosidad científica y se hicieron pruebas para averiguar porqué molestaba tanto; y se estableció que un toque fuerte producía una catarata explosiva de decibeles que casi sobrepasaba la capacidad humana de soportarlo. Un experto lo comparó a estar al lado de un motor de avión arrancando.
En el Perú y en muchos países no se conocían, por lo menos a nivel popular pero ahora que su fama ha traspasado fronteras y los chinos las fabrican en cantidades fabulosas es probable que llegue a nuestros estadios de manera masiva. La Asociación de Fútbol las ha prohibido pero veremos si se puede contra la versión que el gracejo criollo ha bautizado como “vuvucholas”.
La FIFA, entidad multimillonaria y supranacional que ha convertido el fútbol en un negocio extraordinario también tiene su Vuvuzela Oficial y cobra 15 euros por ejemplar. La publicita en Internet y asegura que la tendremos en casa en cinco días.
Recordemos cómo se quejaba Martínez Morosini de una modesta trompetita que sonaba sin descanso en la barra del Alianza sin que nadie pudiera detenerla. Al lado de las vuvuzelas eso era un juguete de bebito.

Vicky Peláez y el espionaje chicha

El sábado 8 de diciembre de 1984 los periodistas de Canal 2 Vicky Peláez y Percy Raborg fueron secuestrados por un grupo armado del “Movimiento Tupac Amaru”. Pedían, para liberarlos, que se transmitiera un video en que los subversivos denunciaban que un grupo de sus militantes estaban siendo torturados por la policía, entre otras cosas. El pedido se cumplió parcialmente y los periodistas quedaron libres al día siguiente.
El episodio confirmó la fama de la reportera cusqueña que había llamado la atención por su audacia y agresividad para obtener noticias. Era la estrella de “90 Segundos” que su director Ricardo Muller había convertido en sensacionalista.
Su pasión por ser la primera en arrancar una entrevista al paso de implicados en las historias de interés humano que prefería el canal, hizo que la motejaran como “la reportera erótica” por sus jadeos. Pero todos sabían que era la mejor para estar en el centro de cualquier huracán noticioso.
Se casó con un joven fotógrafo uruguayo (o ruso, o ucraniano) y marchó a los Estados Unidos porque este país le concedió asilo político. Peláez denunció, y seguramente probó a los funcionarios estadounidenses locales, que era perseguida y hostigada por la policía en tiempos de Alan García.
Su visión crítica de la política norteamericana no era secreto para nadie. Y en los Estados Unidos encontró mayor espacio de expresión que en Lima, convirtiéndose así en una constante denunciante del sistema, de los políticos, a la vez que destacando por sus porfías por los derechos de las minorías, etc.
Sin duda Vicky Peláez no era grata para el sistema pero sus posibilidades de resquebrajarlo a columnazo limpio eran, como se imaginará, absolutamente escasas.
Ha vuelto a las primeras páginas nuestra colega acusada de trabajar para un país extranjero sin permiso y por el ingreso de 10 mil dólares sin declararlos. No vemos en ninguna parte acusación alguna de “espionaje”, actividad cinematográfica pasada de moda por lo menos entre los EE.UU. y Rusia desde que cayó el Muro en 1989.
Lo de “espías” lo ha puesto el periodismo, no el FBI ni la CIA, organismos de inteligencia que por demás no son de lo mejor en cuestión de credibilidad (todavía buscan las Armas de Destrucción Masiva).
Y llaman la atención los métodos tan anticuados de la presunta red: tinta invisible, pases de papelitos en la calle, transmisiones en onda corta, todo mismo años 50. Y leemos en un diario local que “se casaban entre ellos y tenían hijos”. Era, se dice, una red “de segunda”, una especie de “espías chicha” digamos.
Pero Vicky Peláez está viviendo una pesadilla que ojalá termine pronto.