Periodismo en tiempo eleccionario

La práctica habitual del periodismo es, dicen, como navegar en mar calmo. Para eso se estudia. Pero a veces sobrevienen tormentas que agitan a las redacciones y los otrora calmosos colegas deben afrontar nuevas situaciones. Esta analogía vale para lo que está pasando ahora mismo pues se ha desatado una tempestad que se veía venir: el periodismo eleccionario.
El fenómeno es histórico. En todos los procesos electorales republicanos se ha elegido el tiempo de campaña para publicación de títulos nuevos o bien se ha planificado con anticipación las fundaciones de diarios que se proclamaron como independientes pero que nunca lo fueron.
¿Ejemplos? Algunos sonados y nos remitimos solo al siglo 20. El famoso matutino La Prensa, fundado en 1903, tenía clara intención política y eleccionaria (y así lo fue a lo largo de toda su historia). Desde el principio estuvo al servicio de Nicolás de Piérola y su Partido Demócrata y todos los famosos de su redacción, Cisneros, Yerovi, Valdelomar, Mariátegui, Ulloa, acompañaron en su momento al Califa. No les fue bien y lo vendieron a otro aspirante al Sillón y así sucesivamente. Murió en 1984 precisamente porque ya no tenía auspiciador de pretensiones presidenciales.
En 1917 se fundó el combativo diario El Tiempo con la intención de demoler al presidente Pardo y preparar y sostener la candidatura de Augusto B. Leguía. Triunfó en sus dos propósitos pero después, su director Pedro Ruiz Bravo quiso hacer periodismo independiente y terminó deportado por el democrático dictador.
El general Manuel Odría también pretendió utilizar la prensa para promover su gobierno y futura candidatura y promovió La Nación, que nadie compraba porque se sabía su origen. Un fracaso.
En 1961 un grupo de belaundistas liderados por Manuel Mujica Gallo unieron esfuerzos para fundar Expreso primero y luego Extra. Lograron su propósito en las elecciones de 1963 llevando a Fernando Belaunde a la presidencia y a Mujica a una regia embajada europea.
Pero aparte de los diarios es interesante observar el intenso movimiento en la zona llamada Prensa Chica, aquella semanal, con frecuencia de combate y a veces hasta anónima. Ahora mismo en Lima, cuando se acercan las elecciones municipales, vemos en los quioscos periódicos desconocidos que seguramente morirán apenas depositemos nuestros votos. Nadie los persigue, les pide cuentas ni licencias. Es ni más ni menos que una suerte de periodismo pirata de mala calidad pero que merece ser observado pues, al final, son parte de nuestra tradición periodística.

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