-Hola, soy Kapuscinsky…

Efraín Ruiz Caro leyó en silencio el nombre impronunciable en la tarjeta de visita que le alargaba aquel gringo huesudo y fortachón, despeinado, de corbata torcida.
-(“Ryszard Kapuscinski”)…Ajá… ¿y cómo se pronuncia?” –preguntó, alargando la mano en señal de bienvenida.
El polaco se echó a reír y le contestó en perfecto castellano –“Richar nomás, así, a secas”.
Ruiz Caro era el jefe de la Oficina de Difusión de la Reforma Agraria, creada apenas dictado el famoso Decreto Ley 17716 que declaraba que la tierra sería en el Perú para quien la trabajara. Eran instalaciones improvisadas en Jesús María donde también estaban los periodistas Pedro Morote, José Adolph, Mirko Lauer, diseñadores como José Bracamonte, Jesús Ruiz Durand., autores de afiches ya legendarios.
Pero la oficina era sobre todo una fuente privilegiada de informaciones sobre los intríngulis de la Revolución liderada por el general Velasco. Con frecuencia “lo último” podía estar allí donde entraban y salían políticos, periodistas locales y extranjeros y militares (no era extraño ver de cuando en cuando al avispado capitán Montesinos).
Bien informado, Kapuscinsky prefirió visitar a Ruiz Caro y preguntarle sobre la Revolución y no a generales del régimen. Recuérdese que se había abierto la puerta grande a los países socialistas del Este y el Perú llamaba mucho la atención pues quizá, imaginaban algunos, que acá se precipitaba otra revolución socialista.
Ruiz Caro estaba a punto de viajar al Cusco para participar en el proceso de expropiación de latifundios y allí mismo invitó al polaco a viajar con su grupo: -“Vamos, Richar, para que veas la revolución de cerca y en mi tierra”.
No conocemos los despachos que envió Kapuscinsky sobre el Perú y la reforma agraria o sobre el proceso político. Y tampoco escribió nada sobre los Andes. Por alguna razón no fuimos objeto de su interés para un libro posterior.
Ruiz Caro contó que el periodista sufrió mucho con el soroche, el temible mal de altura; y tanto, que en uno de los recorridos le dieron a mascar coca para que se aliviara del malestar, pero ya no quiso regresar y desapareció, se marchó.
Años después, ya convertido en famoso y hasta candidadato al Premio Nobel de Literatura, recibió el Premio Príncipe de Asturias junto con el padre Gustavo Gutiérrez y entonces debió recordar su paso por el Perú.
O quizá el gran cronista no vino para cosechar noticias sino para recaudar información para su país sobre esta presunta Revolución peruana que pronto terminaría a remiendos y a capazos…

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