Archivo mensual: diciembre 2010

14 Libros de Periodistas

En estos días de recuerdos y recuentos propongo una lista de libros de periodistas y sobre periodismo que fueron publicados en el año que termina. No son todos y pido disculpas a los autores que no están. La relación es desordenada pero tienen en común que fueron escritos por colegas que (como diría Hemingway) por sus venas corre más tinta que sangre:

-Segundo Llanos Horna, “Los periodistas de La Libertad”. UAP. Trujillo;
-Alejandro Carnero, “Tanta gente extinta, tanta tinta tonta”. Mesa Redonda. Lima;
-José Alfredo Madueño, “Garra”. Hualcará Editores. Lima;
-Beto Ortiz, “Soy el hombre de mi vida”. Planeta.Lima.
-Julio Falconí Gonzales, “El Caso Uchuraccay. Las claves de un complot contra la libertad de expresión”. ANP. Lima;
-Jhon Bazan Aguilar (compilador), “Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca”. Fauno. Lima.
-Osmar Gonzales Alvarado, “Prensa escrita e intelectuales periodistas 1895-1930”. USMP. Lima;
-Marco Aurelio Denegri, “Obras escogidas”. U. Garcilazo. Lima;
-Carlos Chávez Toro, “Entonces, ¿quién mató a Alicia Delgado? Claves para entender un crimen imperfecto”. Planeta. Lima;
-Augusto Alvarez Rodrich, “Claro y Directo. Mis columnas sobre periodismo 2002-2010”. Mitin. Lima.
-José Carlos Requena, “Una gran ingenuidad. El Movimiento Libertad 1987-1989”. Mitin. Lima;
-Hugo Coya, “Estación Final”. Aguilar. Lima.
-Raul Vargas, “Memorias de un Comensal”. USMP. Lima.
-(Y al final me agrego con mi libro “Capturamos a Hawkins! Historia de una noticia del siglo XVI”. Ediciones La Voz. Lima)

Son temas distintos y sería temerario decir que unos son mejores que otros. Pero dejo la cortesía para recomendar vivamente la lectura del libro compuesto por Jhon Bazán y dedicado a Francisco Igartua, el legendario editor de la revista “Oiga”, que contiene textos testimoniales de casi treinta periodistas que trabajaron con él y que dan cuenta de las cualidades del desaparecido colega. Para completar el retrato se ofrece varios textos de Igartua que permitirán que nuevas generaciones conozcan y aquilaten al periodista que fundó primero “Caretas” con Doris Gibson y luego refundó “Oiga” en 1962 como semanario de actualidad y análisis. La última edición circuló en 1995 cuando Igartua se declaró ya derrotado por el boicot publicitario de la administración fujimorista.

-“El Sótano” también se va…

Humberto Damonte nos anuncia que no hay marcha atrás: su conocida –y entrañable para muchos- librería “El Sótano” cerrará sus puertas a fin de año porque la Plaza San Martín, abrumada por las marchas sindicales, el tráfico, la inseguridad, es el peor lugar de Lima para vender libros. “Pero la editorial Horizonte seguirá viviendo” nos aclara el sindicalista, periodista, editor, librero y amigo leal a toda prueba.
Aquel sótano del Portal de Zela fue por más de veinte años centro de reunión de prácticamente todos los escritores limeños, ya sea políticos, académicos, artísticos. A todos nos recibía con paciencia infinita pese que le robábamos tiempo precioso. A café por autor debe haber consumido piscinas de expressos.
Damonte se inició en la edición y venta de libros en los años sesenta, luego de ser presidente de la otrora poderosa Federación Bancaria. Primero en sociedad con Paco Moncloa y luego por su cuenta fundando la Editorial Horizonte que llegó a publicar más de trescientos títulos.
En el medio aceptó gerenciar el Expreso expropiado de los años 70 y luego dirigió la fundación de la legendaria revista Marka, en mayo de 1975. En julio el gobierno militar la clausuró y nos envió a todos los redactores al exilio. Damonte, Carlos Malpica y otros fuimos a Buenos Aires donde estuvimos hasta la caída de Velasco.
Persistió en la actividad periodística de oposición frontal al gobierno militar, editó la revista “Zurda” y fue nuevamente deportado a la Argentina, logrando viajar a México.
Para entonces había dejado su local de la Galería Gallos-Mogollón trasladando sus libros al jirón Camaná y después al local que ahora deja y que consta de una pequeña entrada pero con un gran sótano ideal para depósito y oficina. Allí despachaba, recibía libros para distribuir y, insisto, soportaba a sus autores y amigos.
También editó, entre muchas otras cosas, la revista “Hechos Mundiales” que yo redactaba y que fue seguramente un mal negocio pero que él consideraba interesante por difundir puntos de vista distintos a los habituales de los periódicos.
Humberto Damonte fue también militante activo del importante Movimiento Social Progresista que en los sesentas reunió a los más importantes intelectuales progresistas. Estuvo con los Salazar Bondy, Efraín Ruiz Caro, Ruiz Eldredge, Moncloa, Santiago Agurto, planteando una alternativa de izquierda democrática novedosa para su tiempo y que ahora vemos que se ha hecho viable.
Damonte no abandonará sus esfuerzos editoriales porque ahora emprende la publicación de la obra completa de José María Arguedas y en siete tomos. Pero la Plaza San Martín ya no será la misma.

-“No maten al mensajero…”

El artículo en el diario The Australian que suscribió Julian Assange antes de ser detenido por los Wikileaks se tituló “No maten al mensajero por revelar verdades incómodas”, usando la frase con que los periodistas nos defendemos de persecuciones alegando que solo somos portadores. Las noticias están ahí –decimos, con cierto cinismo-, las cosas suceden y las personas hablan y los periodistas se limitan a recogerlas, empaquetarlas y difundirlas. Si a alguien no les gustan… allá ellos.
Pero de lo que se trata ahora es de averiguar el origen de la frase que ya se ha convertido en lugar común.
Revisando la formidable biblioteca que es Internet hallamos muchas menciones a egipcios, griegos y ambigüedades como “en la antigüedad”, etc. que aseguran que los reyes o jefes mandaban matar a los mensajeros si estos les traían malas noticias.
La verdad es que no hemos encontrado “matar al mensajero” y menos “no maten al mensajero” en alusión al castigo a quienes portaban mensajes incómodos que producían tal irritación que la primera reacción era acuchillar al inocente comisionado.
Existe frases cercanas, es verdad, en varias tragedias griegas (“Nadie ama al mensajero que trae malas noticias”, en Antígona, de Sófocles) porque sus venerables autores usaban a los Mensajeros como recurso para narrar lo que era imposible ver; y más adelante en obras de Shakespeare como Macbeth o Marco Antonio y Cleopatra.
Total, “no maten al mensajero” se ha convertido en una frase popular así como lo era en los Estados Unidos “No maten al pianista, que hace lo que puede” en el siglo 19.
Fue Oscar Wilde quien la hizo conocida. En 1883 hizo un viaje en los Estados Unidos dictando conferencias llegando incluso al entonces Lejano Oeste. En el pueblo de Leadville, Colorado, le organizaron una charla para mineros en un “saloon” y allí Wilde vio el cartel encima del piano que decía “Don’t shoot the piano player, he´s doing the best he can”, lo que provocó que comentara: “Es la mejor crítica de arte que he conocido”.
La frase “No maten al pianista” tuvo la misma aplicación que la atribuida a los griegos es decir, el reclamo de no culpar al intérprete o al mensajero.
Respecto de si los mensajes eran ciertos o no, los cronistas describen que los aztecas tenían un método muy eficaz de averiguar si el mensaje era fidedigno. Enjaulaban a los portadores y enviaban un segundo mensajero a corroborar. Si la nueva era falsa, les cortaban la cabeza sin más trámite.
Total, la frase la elaboró alguien y con fortuna y seguirá siendo útil para el periodismo que alega que no tiene la culpa de que las cosas pasen así.

La historia de amor de Julian Assange

Nada con las suecas. Luego de leer la famosa trilogía de la Salander de Larsson y los relatos de Mankell y su antihéroe Wallander… cualquier cosa se puede esperar en aquella presunta sociedad ideal.
Julian Assange, el ya legendario fundador de Wikileaks, tiene buenas razones para pensarlo porque está preso por delitos que los criollos más avezados jamás hubieran podido imaginar jamás.
Assange conoció en Estocolmo a dos bellas. Anna Ardin lo había invitado a alojarse en su casa porque era la organizadora del “Movimiento de Hermandad”, presuntamente de izquierda. Y en la noche no tuvo problemas para introducirse en el lecho de su invitado.
Pero Asange ya le había echado el ojo a otra, a Sofía Wilen, a la que llevó a un hotelito en Enkoping, donde hicieron el amor.
Pero la acusación fiscal dice que el guapo wikileaks “la penetró sin condón mientras dormía”, es decir, que Sofía también el sueño lo tenía profundo…
De regreso a Estocolmo, volvió a la casa de Anna y nuevamente tuvieron sexo. Pero la Fiscalía dice que Assange acosó sexualmente a su anfitriona “de una forma diseñada para violar su integridad sexual”.
¿Qué querrá decir eso?
Estos son los delitos por los que la Interpol persiguió por toda Europa al periodista y hacker que ha molestado tanto a la administración norteamericana. Es verdad, de otro lado, que aquellas señoritas tienen todo el derecho de considerarse abusadas y denunciar al abusador. Pero concordarán con los que afirmamos que el caso es un poco extraño.
Y ahora resulta que se descubre que Anna Ardin es una militante de la ultraderecha, que se sospecha que colabora con la CIA, que forma parte del aparato internacional anticastrista.
La bella (vean la foto) está en Twitter y se defiende diciendo: “¿Agente de la CIA,. ávida feminista, amante de los musulmanes, fundamentalista cristiana… o perdidamente enamorada de un hombre?” Parece que al final esa es la clave: el simple despecho por la sacada de vuelta del entonces encantador pero ahora abominable Julian Assange.
¿La pena por ambos delitos? Un par de multas y el consejo de que no regrese a Suecia y si lo hace, que antes de tener sexo haga firmar un documento notarial a la interfecta.

El error de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa dijo en su memorable discurso: “Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista”.
Se equivocó el gran escritor. Solo tenía quince años cuando entró al ya por entonces viejo diario, llevado por su padre que era representante de la agencia de noticias Internacional News Services (INS) y del King Features Syndicate y que tenían como cliente principal a dicho periódico (“El Fantasma”, “Rip Kirby”, etc.).
Su primer encargo, o “comisión” como decimos en la jerga periodística criolla, fue la cobertura de la llegada de un nuevo embajador del Brasil y la nota fue publicada el 13 de enero de aquel 1952… cuando todavía faltaban más de dos meses para que cumpliera los dieciséis, el 28 de marzo.
¿Y por qué me animo yo, simple y desconocido mortal, a rectificar al gran Premio Nobel? Porque hace ya cinco años que publiqué un libro titulado “Mario Vargas Llosa Reportero a los Quince Años”.
Los que han leído “El Pez en el Agua” conocen el fin de la historia de aquella memorable iniciación periodística. El padre de don Mario se enteró de la vida bohemia en que habían iniciado a su casi niño heredero y lo obligó a dejar el empleo.
Y me cito: “El 28 de marzo de aquel 1952 Vargas Llosa fue agasajado por su cumpleaños –ya eran 16- pero la fiesta tenía sabor amargo porque era realmente la despedida. En un chifa de la calle Capón brindaron por su futuro sus mejores amigos, Carlos Ney Barrionuevo, Norwin Sánchez Genie y Milton von Hesse” (PUCP. Fondo Editoral. Lima. 2005. p. 72).
Fue para ese libro que Carlitos Ney Barrionuevo, que goza de buena salud y memoria, me prestó la foto que ilustra la portada y que fue tomada seguramente por Félix “Pollo” Dávila, reportero gráfico con el que también hizo buena amistad.

-La exitosa y periodística muerte de Ninasqui

“¡Mándenme el maldito dinero…!” gritó en el teléfono el perturbado Ninasqui. El coronel Carlos Remy, (¿el experto en negociaciones de la policía?) debió recordar alguna película, una serie de TV donde un secuestrador cinematográfico decía lo mismo.
Debió también imaginar que enfrentaban a un enfermo mental cuando le dictó la absurda lista de exigencias: 60 marrocas, dos millones de dólares, una moto lineal (“tanqueada con gasolina de 90”), un helicóptero para seis personas…
Todos fuimos testigos del tumulto que armaron las autoridades durante las siete largas horas, la mayoría “en vivo y en directo”. Fueron 500 policías o quizá más, todos los serenos del barrio, guachimanes privados, periodistas, curiosos, vecinos, armando un bolondrón. Ni siquiera pudieron armar los guardias un perímetro que mantuviera a raya a los curiosos y, como decimos por aquí, a los hueleguisos de siempre.
Los generales fueron llegando para no perder cámara y finalmente hizo su ingreso con estrépito criollo el mismísimo Ministro del Interior.
La solución al drama llegó cuando un policía logró ingresar al Banco y muy de cerca disparó a la nuca de Ninasqui quien quedó tendido, agonizante, dado por muerto apresuradamente. Aquello de “francotirador” es una exageración.
Luego vinieron las declaraciones de los generales para todas las emisoras, todos los Canales. “No podemos permitir que un delincuente ponga en jaque a la sociedad” dijo el Director General, en rotunda frase televisiva.
Los coleguitas concluyeron lo mismo, que el Operativo había sido eficiente pero, sobre todo, que la muerte del infortunado Ninasque había sido “exitosa”.
Pobre Ruiz Wilfredo Ninasqui, chiflado de barrio que decía en la red social Hi5 que había inventado cosas que no habían en la fas (sic) de la Tierra. Seguramente veía mucha televisión, cine, noticieros con hombres-bomba.
Los noticieros de televisión y los diarios le dieron preferencia absoluta al drama y hasta el solemne El Comercio, nuestro diario de referencia, se despeinó al proclamar como noticia principal de primera página “Siete horas de terror” y al día siguiente “De uno en uno los voy a matar a todos”, uniéndose al aquelarre y al “qué bueno que lo mataron”.
La celebración de la muerte de Ninasqui continuará seguramente unos días más y veremos cómo los programas dominicales se disputan a la madre que asegura que su hijo era bueno.
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¿Wikileaks? Solo una raya más…

Ante el escándalo mediático provocado por Wikileaks, es probable que el viejo y querido Gregorio Selser se hubiera encogido de hombros y comentado: “Ninguna sorpresa… solo una raya más al tigre”.
Selser, fundador del periodismo latinoamericano de investigación de política exterior, fue hasta su temprana muerte en 1991 un tenaz cazador de secretos del Departamento de Estado y no con Internet sino con la ayuda de un formidable archivo documental que asombraba a quienes lo visitaban en su casa en México.
A lo largo de años Gregorio, bonaerense, exiliado por la dictadura de su país, reveló documentos que debían ser mantenidos ocultos y cuyas revelaciones conmovieron al periodismo de su tiempo, a los diplomáticos americanos y provocó algunas incomodidades a los norteamericanos, pero no muchas, como se comprobaría. Además ya en los cincuentas estaba claro que detrás de la mayoría de golpes de estado estaba la diplomacia norteamericana.
En 1971 los diarios revelaron que un experto había redactado un documento que se conocería como el Memorando Plank que trazaba líneas de acción para la relación con el subcontinente. Desvalorizador, casi ofensivo, el informe concluía que “sobre la base de la política de costos-beneficios, América Latina no es realmente muy importante”. Fue un escándalo para su tiempo que los norteamericanos digirieron sin problemas.
Poco más tarde el mismo Selser publicó sus “Documentos secretos sobre Chile” apenas un año después del derrocamiento de Salvador Allende y que probaban que la empresa de telecomunicaciones ITT, la CIA, etc. habían sido decisivos en la preparación y éxito del golpe. Hubo protestas, claro, pero no perturbaron la decisión de apoyar a Pinochet en tanto convenía a los intereses del poderoso vecino del Norte.
Unos años más tarde un nuevo descubrimiento hizo saltar los viejos teletipos. Existía un documento llamado “De Santa Fé” que fijaba la política de la flamante administración Reagan de 1981 para América Latina. Era una “nueva política interamericana” que pese a ser ampliamente difundida no fue alterada aunque allí se hacían afirmaciones y trazaban planes absolutamente criticables.
Y ya más cerca fuimos testigos de la invasión de Irak justificada por la presunción de que se escondía “armas de destrucción masiva”. Fue una patraña de la administración Busch cuyos detalles han sido ampliamente revelados; y sin embargo el ejército sigue allá, como si nada hubiera pasado.
La lista es larga y reveladora de que los Estados Unidos no rectifican su conducta solo porque sus archivos han sido abiertos y se ha conocido secretos de sus decisiones en política exterior. No nos equivocamos si creemos que lo máximo que puede suceder es que Hillary Clinton se ponga un poco coloradita y por algunas semanas. Nada más.