-“No maten al mensajero…”

El artículo en el diario The Australian que suscribió Julian Assange antes de ser detenido por los Wikileaks se tituló “No maten al mensajero por revelar verdades incómodas”, usando la frase con que los periodistas nos defendemos de persecuciones alegando que solo somos portadores. Las noticias están ahí –decimos, con cierto cinismo-, las cosas suceden y las personas hablan y los periodistas se limitan a recogerlas, empaquetarlas y difundirlas. Si a alguien no les gustan… allá ellos.
Pero de lo que se trata ahora es de averiguar el origen de la frase que ya se ha convertido en lugar común.
Revisando la formidable biblioteca que es Internet hallamos muchas menciones a egipcios, griegos y ambigüedades como “en la antigüedad”, etc. que aseguran que los reyes o jefes mandaban matar a los mensajeros si estos les traían malas noticias.
La verdad es que no hemos encontrado “matar al mensajero” y menos “no maten al mensajero” en alusión al castigo a quienes portaban mensajes incómodos que producían tal irritación que la primera reacción era acuchillar al inocente comisionado.
Existe frases cercanas, es verdad, en varias tragedias griegas (“Nadie ama al mensajero que trae malas noticias”, en Antígona, de Sófocles) porque sus venerables autores usaban a los Mensajeros como recurso para narrar lo que era imposible ver; y más adelante en obras de Shakespeare como Macbeth o Marco Antonio y Cleopatra.
Total, “no maten al mensajero” se ha convertido en una frase popular así como lo era en los Estados Unidos “No maten al pianista, que hace lo que puede” en el siglo 19.
Fue Oscar Wilde quien la hizo conocida. En 1883 hizo un viaje en los Estados Unidos dictando conferencias llegando incluso al entonces Lejano Oeste. En el pueblo de Leadville, Colorado, le organizaron una charla para mineros en un “saloon” y allí Wilde vio el cartel encima del piano que decía “Don’t shoot the piano player, he´s doing the best he can”, lo que provocó que comentara: “Es la mejor crítica de arte que he conocido”.
La frase “No maten al pianista” tuvo la misma aplicación que la atribuida a los griegos es decir, el reclamo de no culpar al intérprete o al mensajero.
Respecto de si los mensajes eran ciertos o no, los cronistas describen que los aztecas tenían un método muy eficaz de averiguar si el mensaje era fidedigno. Enjaulaban a los portadores y enviaban un segundo mensajero a corroborar. Si la nueva era falsa, les cortaban la cabeza sin más trámite.
Total, la frase la elaboró alguien y con fortuna y seguirá siendo útil para el periodismo que alega que no tiene la culpa de que las cosas pasen así.

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