Luis Jaime, el periodista (I)


Introducción.- Luis Jaime Cisneros, fallecido hace muy poco, tuvo una intensa actividad intelectual dividida entre la academia y el periodismo. En los días que siguieron a su desaparición todos los periódicos, sin excepción, lo elogiaron destacando su rol de maestro y de filólogo. Pero muy poco se recordó de su importante paso por el periodismo diario, primero dirigiendo La Prensa y luego El Observador. ¿Qué lo motivó a distraer su tarea en las aulas para sumergirse en la selva política periodística criolla? Esta pequeña historia, que es también un homenaje, trata de buscar respuestas.

-El Observador, hace 30 años

No hubo canillitas para gritar que aquella mañana había aparecido un nuevo diario, El Observador, pero no hacía falta porque una profusa campaña que incluía páginas enteras de El Comercio lo había anunciado. Todos los esperaban. Era el 22 de Octubre de 1981.

Y quizá la novedad más importante es que su director era Luis Jaime Cisneros, quien había aceptado volver una vez más a la espinoza tarea de dirigir un diario, algo que conocía que conocía muy bien tanto por la sobremesa familiar como por experiencia propia. Entre 1976 y 1978, algunos recordarán, había dirigido el diario La Prensa expropiado por el gobierno militar y la política y los colegas lo habían criticado con rudeza por aceptar el cargo.
Es verdad que Cisneros era desde que se inició en la docencia un gran filólogo y así ha pasado a la historia pero es cierto también que el periodismo siempre fue su vocación principal y nunca dejó de escribir para algún periódico porque tenía una fe porfiada en la importancia de la difusión para la educación.
En aquel número inicial de El Observador inauguró “Mi Columna” que firmaba simplemente “Cisneros” de puño y letra. Leamos parte de aquel primer texto:
“Cuántas conjeturas cruzaron por mi mente cuando me propusieron incurrir nuevamente en la tarea. Y es que creo que hay una función pedagógica hasta hoy desatendida por la prensa. Cada día se me antoja más clara. Hay que contribuir a mejorar los cuadros juveniles en el Perú, y ya no bastan para ello los libros de la escuela, ni satisfacen los concursos, ni hemos de lograrlo recurriendo a la metáfora y a la retórica. Hay que realizar una vasta tarea de formación cívica. El periodismo está llamado a lograr esos frutos”.
Los políticos, los periodistas, vieron con desconfianza al diario recién llegado porque no era secreto que pertenecía a un controvertido promotor y organizador, el movedizo y parlanchín Luis León Rupp, promotor del Grupo Vulcano que manejaba el Banco de la Industria de la Construcción (BIC), la empresa de aviación Faucett, los hoteles Bolívar y César, varias inmobiliarias, a lo que añadía ahora la Empresa Editorial Vulcano. Lástima que todos eran negocios frágiles, endeudados, frutos de su malabarismo empresarial.
Cuando lo entrevistó poco antes del lanzamiento de El Observador, Elsa Arana Freire, exagerando, comentó que se podía hacer una analogía con el magnate Luis Banchero Rossi, o con los hermanos Romero. La periodista le preguntó, claro, sobre sus motivos para fundar un diario y su respuesta fue un parrafazo de lugares comunes en el que solo destacó que tratarían de hacer un diario de opinión, “distinto a los de tipo informativo”.
Debe recordarse que aquel final de 1981 era presidente con olor de multitud el arquitecto Belaunde y la inflación golpeaba a los peruanos. El nuevo diario costaba 100 soles.

Sigue: Convocando periodistas

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