La dramática historia de amor de Mona Maris y el ingeniero holandés

La Oroya Love Story

El chofer sintonizó mejor la radio y surgió entre los ruidos un tango que entonaba Gardel, el zorzal criollo…
Recién habíamos iniciado el viaje a Tarma a La Oroya y ya los pasajeros cabeceábamos, soñolientos, cuando mi vecino de asiento, me golpeó suavemente con el codo y me dijo, bajito nomás, en buen castellano:
-Ah, qué lindo ese tango… Gardel ¿no?, -y añadió: -¿Sabe? Mi esposa fue novia de Carlos Gardel… y casi se casa con él…
Eramos varios compañeros de trabajo que ante la imposibilidad de conseguir casa en La Oroya, alquilábamos algo en Tarma, a una hora de viaje, para estar más cerca de la familia. Había un par de ingenieros más dos periodistas de la oficina de Relaciones Industriales, todos empleados de la Cerro de Pasco Copper Corporation” en aquel naciente 1960. Yo editaba las revistas “El Serrano” y “El Serranito” y estaba, para mi desgracia, en la categoría de “soles payroll”, o sea, sin derecho al cómodo Hotel Inca.
Al escuchar la revelación todos prestamos atención, y uno preguntó:
-Disculpe la pregunta ingeniero, ¿y cómo se llama su esposa?
El ingeniero, un holandés cincuentón, de claros ojos azules y con actitud de ingenuidad, sonrió ampliamente y contestó, triunfante, seguro de sorprendernos:
-¡Mona Maris!
Mis colegas se miraron, se encogieron de hombros y volvieron a dormitar pero yo, culturoso al fin, gardeliano, había leído algo sobre sus amores y de la famosa y bella Mona Maris. Y me lancé:
-Y dígame ingeniero, este…, su esposa, la que está en el hotel en Tarma… ¿es Mona Maris?
-Claro -me dijo. Y añadió con inmenso amor: -¿No es linda?
Por supuesto que nos había llamado la atención. Alta, delgada, con porte distinguido, de pelo negrísimo, con aire lejano e inexpresivo, Mona Maris despedía cada mañana a su ingeniero holandés en la puerta del Hotel de Turistas de Tarma. A veces vestía pantalones de montar y botas; y siempre hacía un lánguido adiós con un infaltable largo cigarrillo entre los dedos. De hecho ya le decíamos “la misteriosa”.
Ya. Pero ¿qué hacía esa mujer, exageradamente maquillada, casi empastada, una auténtica estrella de cine, de labios y cejas dibujadas con exactitud profesional, en la lejana, andina y friolenta Tarma?

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¿Cómo había ido a parar a Tarma, nos preguntábamos, una de las fundadoras del star system de Hollywood, Mona Maris?
Simple: era una historia de amor otoñal, de encuentro de solitarios. Ella tenía cincuenta confesados pero seguro que eran más; él, por ahí. El holandés era ingeniero metalúrgico y la había conocido en Nueva York. Poco después de casarse consiguió un trabajo en el Perú y ella, que conocía Lima, aceptó encantada. Había sido antes agasajada por los pitucos limeños y sabía de su encanto y largueza… Pero esta vez, treinta años después, venía a La Oroya, que era otra cosa.
Se horrorizó cuando llegó a su destino pues para los que no conocen el lugar les contaré que era entonces una sola calle, sucia, encajada a la fuerza en una quebrada estrecha, brumosa, llena de obreros andinos que a ella le parecían torvos y amenazantes. Al final, una enorme factoría con grandes chimeneas y humos constantes que era la razón de ser de La Oroya.
¿Qué podía hacer una estrella de cine en medio de tanto ruido, mugre e incultura?
Y los norteamericanos que conoció eran un puñado de incultos timberos y borrachitos con mujeres que tejían al crochet y cocinaban; los peruanos simplemente no existían. Es decir, lo más lejano de la civilización que alguien como ella pudiera imaginar. Y entonces por más amor juramentado amenazó con marcharse en el acto.
Bien aconsejado, nuestro amigo la llevó a Tarma, le enseñó el hotel y la bella aceptó quedarse allí, con las comodidades de servicio que eso significaba pues como comentaba riendo el marido: “Mona no sabe ni dónde se compran las cosas…”.
En cada viaje se repetía la rutina. Ella, que bautizamos como La Esfinge, hacía adiós a su ingeniero y él, tierno hasta el ridículo, le enviaba besitos volados hasta que la primera curva lo obligaba a sentarse. Comenzaba entonces a contarnos de su mujer.
Nos dijo, por ejemplo, que no sólo había tenido amores con Gardel cuando filmaban “Cuesta Abajo” sino también con Humphrey Bogart y Victor McLaglen, dos rudos del cine; que había besado hasta el pecado en otra película a Fray José Mojica, a quien habían visitado en el convento de San Francisco, en Lima; que era argentina criada en París; que no se llamaba así y que su nombre verdadero era Rosa Emma; que estaba sola en el mundo; y que la amaba profundamente, que le decía “mi monita” pero que ella, ay, se aburría y quería irse.
Todos seguíamos sus monólogos y nos percatamos de que nuestro simpático y locuaz amigo perdía el humor en cada bache de la carretera y lanzaba ayes apagados. ¿Porqué? Padecía de hemorroides, las almorranas lo estaban matando. “Tiene que operarse en el día” le decían los médicos pero él temblaba de miedo.
“No, no puedo, y además, qué pasaría con mi Monita… se quedaría solita aquí..” -arguía, pidiendo apoyo.

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Uno de esos lunes fríos y lluviosos, cuando recién amanecía, el holandés aguardaba el ómnibus muy abrazadito de Mona, de su Monita. Pero esta vez había una variante: ella estaba ¡sin maquillaje!
Era un espectáculo extraño pues no se parecía en nada a la estrella de cine sin patas de gallo que habíamos visto y conocido por semanas. Ojerosa, despeinada, ayudó a su marido a treparse al bus y se dirigió a mí con su raro acento medio argentino medio afrancesado:
-Por favor señor, amigo, yeveló al Hospital, está muy mal, no hay teléfono en el hotel, no conseguimos un auto, yeveló…
Los pasajeros nos solidarizamos con el holandés y le prometimos a la Esfinge que lo llevaríamos al hospital de la empresa, Chulec, a la entrada de La Oroya viniendo de Tarma.
El viaje fue una tortura para el gringo, que tenía una almorrana reventada y sangraba; llegó a manchar al asiento. Estaba pálido y tembloroso cuando por fin llegamos y entramos con carro y todo a Emergencia luego de convencer a los huachimanes de la gravedad del asunto; y ahí lo dejamos.
No lo vimos nunca mas en la parada tarmeña. ¿Qué pasó?
Ese mismo día, Mona Maris, harta de la situación, del hotel, del marido, de la estrechez, de la falta de futuro, de Tarma, etc. hizo maletas y se marchó a Lima y luego a los Estados Unidos.
El marido estuvo unos días hospitalizado y cuando volvió a Tarma sólo encontró una breve nota de amor y de adiós.
Fue un triste final que me contó cuando, casi de milagro, coincidimos en la estación del tren que partía hacia Lima. Llevaba varios bultos y maletas (“la ropa de Monita”) y casi sollozaba al recordar aquellos días felices.
No pude decirle nada. Sólo atiné a darle un abrazo.
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Colofón

Escribiendo esta historia busqué ” Mona Maris” en Internet y encontré muchas referencias al film con Gardel, y una entrevista. Había sido redescubierta por la prensa, en 1986, a raíz del asalto a un Banco. Varios cofres de seguridad fueron abiertos y saqueados y cuando llamaron a los dueños a la delegación policial, una viejita elegante y educada dijo que allí atesoraba obsequios de Carlos Gardel porque ella era Mona Maris, aunque todos en el barrio la conocían como Rosita Capdeville.
Los periodistas deliraron con su hallazgo y ella contó, habló sobre Gardel y aunque no afirmó nunca categóricamente que había sido su amante, dijo maravillas sobre lo machazo del zorzal..
Monita murió en 1991. Y también encontré una breve biografía en la que, al final, se lee: “Ya retirada del cine viajó a Perú donde se casó con un holandés millonario”.
Claro, no se podía imaginar a una estrella de cine argentina casada con aquel ingeniero pobretón que abandonó en Tarma. Tenía que ser un cinematográfico magnate.

FIN.

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