La Entrevista VI: Mi entrevista favorita

Cuando Lima era el Palais Concert…

Año 1916. Lima era una lejana y pequeña ciudad que terminaba en el Paseo Colón. Hacia el otro lado, el Rímac, La Victoria, para los pobretones. Y en el centro el “Palais Concert” donde un grupo de jóvenes artistas se reunía para soñar, fumar, escuchar a las Damas Vienesas, charlar de política, Piérola, Pardo, Cáceres, Leguía, leer La Prensa, El Comercio, La Crónica…
Dominaba la grey Abraham Valdelomar, un genio, sofisticado y culto, que había fundado el quincenario “Colònida”. Era quien dictaba la moda, marcaba las diferencias entre el buen o mal gusto, prefería el francés para expresarse y escribía textos que siguen siendo memorables. Solían compartir su mesa José María Eguren, Federico More, José Carlos Mariátegui, Percy Gibson, Enrique Carrillo, Alfredo Gonzales Prada, a veces Nicolás Yerovi…
Valdelomar, por supuesto, brillaba por su ingenio y talento. Era, pese a sus 30 años escasos, el intelectual más conocido del Perú.
En ese año llegó a Lima el famoso Alberto Santos Dumont, reconocido en el. Mundo como el hombre que había hecho más por la aviación. Brasileño y francés, millonario, había desarrollado inventos para volar, globos, aviones, fijando París para sus experimentos. Era un apasionado promotor de la aviación y su arribo a Lima armó revuelo en el afrancesado alto mundo local. Todos querían verlo, aplaudirlo y los periodistas, entrevistarlo.
¿Quién era el indicado, considerando el nivel del personaje, su fama, cultura, elegancia?…
Nuestro Valdelomar, sin duda alguna. Fue un encuentro breve entre famosos y así lo tituló el gran pisqueño autor del mejor retrato, con pocas frases, que jamás hizo periodista alguno del aviador.
(Ambos tuvieron trágico final. Valdelomar murió a consecuencia de una caída, a los 33 años. Santos Dumont se suicidó a los 59).
Esta es la Entrevista:

Breves instantes con Santos Dumont

Por Abraham Valdelomar

En el palacio de la legación del Brasil. Santos
Dumont: un metro treinta; calvicie prematura;
nariz fina y anhelante; bigote americano,
diminuto y negro; labio inferior brasileño;
boca smisurata; sonrisa perenne; ojos expresivos
y gordos, magro, ágil, gentil, insinuante, de
discreta elegancia. Parece no darse cuenta de
su gloria. Está rodeado de diplomáticos,
escritores, políticos. Presentación, apretones
de mano, frase de homenaje. Se siente
atmósfera de gloria. Dumont sonríe, modesto.

Valdelomar: -Vibro de entusiasmo ante vuestra gloria, señor…
Dumont: -Estoy muy agradecido. Sois muy gentiles os peruanos.
Valdelomar; -“Colónida”, mi revista, que usted ya conoce, le pide un autógrafo.
Dumont: _Enchanteé, monsieur!
(Un mayordomo en frac azul de Prusia y dorada botonadura, ofrece una pluma a Dumont que escribe: “Un saludo para los lectores de Colónida. A. Santos Dumont”.)
Valdelomar: -Gracias en nombre de esas ilustres gentes. Diga usted, señor ¿ha escrito usted versos alguna vez?…
Dumont: -Nunca. Pero me seducen. He escrito un libro sobre aviación que se editó hace nueve años en París.
Valdelomar: -¿Cuál es su poeta favorito?
Dumont: -Camoens, Alentar… Ils son si merveilleux.
Valdelomar: -¿Y de los poetas franceses?
Dumont: -Victor Hugo… C’est le plus grand.
Valdelomar: -¿Et Verlaine.. vous plait-il?
Dumont: -Verlaine c’est la grace musicale, la supreme harmonie. Mais Hugo c’est la force, la grande force epique…
Valdelomar: -¿Conoce usted a Anatole France?
-Es grand amigo mío. Así también Henry Rochefort, el director de L’Intransigeant. Hemos comido una noche juntos, poco antes de salir de París, con el presidente de la república.
Excmo. Señor Alencar: -Un cigarro, Dumont. Valdelomar ¿un kummel?
Dumont: -Gracias.
Valdelomar: -Gracias, Excelencia.
(Dumont acaricia la rubia cabellera de una linda flor peruana, una encantadora criatura, hija de un alto empleado de Relaciones y de una gentil dama brasileña a la cual vuelve a ver Dumont después de veinte años. Se han conocido en París. El señor D’Alencar obsequia flores a la dama y a la charmante fille).
El señor Alentar: -¿Café noir, Dumont?
(El fotógrafo ruega a los circunstantes una pose, e imprime varias placas).
Valdelomar: -¿Volverá usted al Perú, señor?
Dumont: -Lo deseo vivamente; quizá… ¿No van los delegados peruanos al Chilí?
Valdelomar: -Llegarían tarde.
-Dumont: -Conviene alentar la aviación que para ustedes tiene ya páginas de gloria inmortales.
Valdelomar: -Y trágicas.
Dumont (Musita con religioso respeto, como recordando un sueño): .-Chávez… Los Alpes… La gloria…Bielovucich… Tenaud!
El Excmo. Señor Des Portes de la Fosse: -Vous aves connu Whrigt?
-Dumont: -Je le connais bien. Je l’ai visité chez lui au Etas Unis. Il souffre de paralysie. C’est terrible!… C’est affreux… Oh!.. Oh!…
(El Excmo. Señor Alencar saca el remontoir. Es la hora. Hay que partir. La concurrencia se despide del gran hombre que ha dejado una impresión imponderable en el alma de los admiradores de su genio),
Valdelomar: -Permitidme que os felicite, señor, por vuestras hermosas declaraciones a favor de la Paz y por vuestra aversión a las fiestas de toros publicadas en los diarios…
Dumont: -Oh! Gentil, gentil…
El auto desde la puerta: -¡Rumb!… ¡Rumb!… Sisssssssss…
………
Lima, febrero 23 de 1916
(En “Colónida” Nro. 3. Lima, 1ro. de marzo de 1916, pp. 3-5).

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