“El Capitán Carlsen confía en que ganará la batalla contra los elementos que quebraron la armazón de su buque”


-La historia del marino que no quiso abandonar su nave (II)

Cuando el quinceañero Mario Vargas Llosa ingresó a la redacción del diario “La Crónica” para debutar como reportero, los teletipos de las agencias de prensa -AP, UPI, INS- repìqueteaban con las noticias de último minuto de la dramática aventura del Capitán Carlsen aferrado a su “Flying Enterprise”.
Eran los primeros días de 1952 y lo que había sido una pequeña nota rutinaria saltó de pronto a noticia de primera página porque el mundo entero estaba conmovido por la porfía del marino que reclamaba un remolcador para que llevar su nave a puerto, aunque las esperanzas eran pocas porque ya la escora era de 60 grados –como lo demostraban las fotos que tomaron aviones de la RAF que aprovecharon algunas horas de buen tiempo.
Al lado del barco estaba el destroyer norteamericano “Weeks” que el día 2 de enero avisó que el barómetro baja peligrosamente y se esperaba vientos de 65 a 75 kms. por hora. Las olas comenzaban a crecer y a golpear más el sufrido casco.
El portavoz de la Armada inglesa comentó sobre el Capitán Carlsen: “Donde quiera que esté en el barco debe estar prendido con los dientes…”.
Mientras tanto había zarpado de Falmouth el poderoso remolcador “Turmoil” con una tripulación experta en ese tipo de salvatajes y que precisamente retornaba de un trabajo similar. Cargó combustible y zarpó hacia la tormenta en búsqueda del navío de Carlsen.
El día 5 logró finalmente acercarse pese al terrible oleaje y lanzaron un soga (un “cabo” dicen los marinos) que Carlsen recogió y le sirvió para el envío de un cable grueso que enganchó a la proa de su barco.
Y cuando el “Turmoil” y el “Flying” se daban de bandazos, el contramaestre del remolcador aprovechó para saltar al barco y ayudar a Carlsen a sujetar el cable de cinco pulgadas. Pero cuando el audaz escocés Kenneth Dancy quiso retornar a su nave ya las olas eran enormes y debió resignarse a acompañar al capitán.
Pero el enganche fue eficaz y comenzó entonces el extraño espectáculo de una flotilla de barcos rodeando al remolcador que jalaba lenta y trabajosamente al carguero que se hundía cada vez más y llevaba en su cubierta a dos marinos solitarios que dirigían la maniobra.
Al día siguiente apareció en el horizonte otro igualmente poderoso remolcador, el francés “Abeille 25” que también arrojó un cable al “Flying” para intentar enderezarlo y evitar el naufragio.
El Capitán tenía un agudo sentido periodístico y comercial. De alguna manera la agencia de noticias INS le compró la exclusiva del relato y desde su cabina de radio el día 5 inició sus despachos: “A bordo del Flying Enterprise”. Por el Capitán Henrik Kart Carlsen. Derechos Mundiales Reservados”.
Los textos eran simples, como éste: “… Ha habido momentos en que no podido contener las lágrimas pensando en que el remolcador no llegase a tiempo, no fuera que estallase una nueva tormenta…” (sic).
El esfuerzo francés fue inútil y pronto desenganchó su cable pero el “Turmoil” insistió en jalarlo ante la desesperación de los marinos de las naves que espectaban el drama y que pedían a los dos marinos que saltaran al mar cuanto antes.

Mañana: ya estaban a solo 90 kilómetros de la costa…

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