-El Titanic, Kate, Pierina, Di Caprio… y YO

-¿Seguro que mi mujer se parece bastante a la gordita Kate?
-Muchísimo… parecen hermanas…
-Y yo… ¿me parezco a Leonardo Di Caprio?
-¡Como dos gotas de agua! –mintió descaradamente la joven que por los cinco dólares que pedía por la foto era capaz de decirle flaca a Susy Díaz.
Entonces Pierina y yo imitamos, más o menos, la famosa escena de la película “Titanic” en que llegan hasta la proa del legendario navío que surca el Atlántico y Kate Winsley abre los brazos, afrontando el viento mientras Di Caprio la sujeta por la cintura (ver foto).
La verdad es que nuestra representación estuvo muy lejos de la cinematográfica y que tanto yo como Pierina no nos parecemos en nada a esos artistas. Pero cómo nos divertimos, como evidencia la fotografía.
Pasó hace algunos años en Buenos Aires cuando fuimos a la famosa Feria del Libro. Justo enfrente se había inaugurado una muestra, o exhibición, titulada “Titanic. El Viaje de los Sueños” que ofrecía mostrar materiales extraídos del gran navío por la expedición de James Cameron.
En la puerta, un buenmozo “Capitán” convocaba a los paseantes a embarcarse en esa aventura: “¡Pronto zarparemos…. Compre su boleto… viaje con nosotros en el mejor barco jamás construido… nada ni nadie podrá hundirlo!!…!” y agregaba con sorna, en voz baja… “viaje de ida nomás…”.
En la primera sección mostraban el Buenos Aires de abril de 1912. Fotografías, primeras planas de diarios, vitrinas con vestidos, programas de espectáculo, todo lo que era necesario en contexto al visitante. Así era la ciudad, el país, cuando llegó la noticia.
Seguía un Túnel del Tiempo con luces que giraban y un pasillo que conducía al “interior” del barco.
Allí visitamos la zona de Tercera donde los pobretones como Di Caprio se apretujaban para dormir; luego la parte de los pasajeros adinerados y finalmente el gran salón con la escalera por donde, recordarán los que vieron el film, desciende la Winsley para ser recibida por Di Caprio.
De rato en rato se escuchaba un fuerte ruido. Un guía nos explicó: “Es el impacto del barco con el iceberg… eso fue lo que sintieron los pasajeros”.
Entonces pasamos al gran salón de las reliquias rescatadas. Maletas, ropa, mucha vajilla, trozos de ventanas, de barandillas, todo lo que se pudo sacar del naufragio. Y un gran trozo de hielo que se podía tocar para sentir el frío de la tragedia.
Luego una tiendecita de recuerdos, donde compramos algunas cositas, y finalmente la proa del barco, aquella de la escena, y de nuestra foto.
Algo más. La historia del “Titanic” es de aquellas –como decimos los periodistas- que es tan buena “que se cuentan solas”. Se consigue novelas, testimonios, películas de diferentes épocas. Mi favorita es “La Camarera del Titanic” con la española Aitana Sanchez Gijón, que se las recomiendo.
Y aquí, la escena aquélla…

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