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Los iquichanos mintieron a Vargas Llosa (5)

Finalmente, la Comisión en pleno llegó el 16 de febrero de 1983 en la mañana a Uchuraccay, la remota comunidad cuyo oscuro nombre había saltado a la fama mundial como Mario Castro describiría así meses después:

“Uchuraccay. El nombre descendió de los cuatro mil doscientos metros de altura y llegó a las ciudades de la costa peruana, donde se concentra el poder, inundándolas como miasma maléfico. Se filtró en Palacio de Gobierno. En el Parlamento, en las redacciones de los diarios, en las cabinas de locución de las radioemisoras , en los sets penumbrosos de la televisión, en los bares alfombrados de aserrín húmedo, en los locales de los sindicatos, en los varaderos de enmohecidas bolicheras, en los campamentos mineros, en los mítines ardientes de las universidades (…) Qué bochorno, qué vergüenza, qué espanto.  Los teletipos repiquetearon por el mundo entero describiendo la tragedia…” (Uchuraccay en la historia. Mario Castro Arenas. Anuario ’83. Colegio de Periodistas del Perú. Lima. 1983. Pp. 16-28).

Vargas Llosa pidiendo a los iquichanos que digan lo que pasó

Mario Vargas Llosa habló primero. Lo rodeaban sus comisionados, los temibles “sinchis”, soldados y un centenar de campesinos impacientes, malhumorados, atentos a las palabras de los traductores, intercambiando miradas y gestos con los policías y sus dirigentes. Era un ambiente hostil, una asamblea comunal en una pequeña plaza de piedras en la que los comisionados se acomodaron como pudieron.

El discurso del escritor sería suficiente para imaginar la intención de la Comisión. Parado en el medio de la plaza inició un exótico ritual recomendado por antropólogos y otros presuntos especialistas, dando a los comuneros un trato de comprensión que, francamente, no se merecían los asesinos y que seguramente no desagradó a los militares presentes.

“Tayta Mayordomo, Tayta Kuna, Tayta Regidor, Comuneros de Uchuraccay… Venimos en nombre del Presidente para traer la paz, así como el agua que baja por las venas de los apus que les trae la vida.  Queremos que la tranquilidad reine entre ustedes y que sepan que hay un deseo de escucharlos en estos momentos de confusión (chalwa) en que estas regiones viven.(…)

El Presidente quiere que llegue hasta él la palabra de los varayocs, cuáles son las costumbres que respetan los hombres de esta comunidad para defenderse de los abusos y cómo es que los  varayocs juzgan  y hacen justicia por su propia mano.  El Presidente desea saber por boca de ustedes qué fue lo que sucedió…”.

Los comuneros, astutos y bien aconsejados, se refugiaron en el quechua, mintiendo al decir que no entendían castellano, insistiendo falsamente en su ignorancia (como ha sido ampliamente probado después). Y repitieron que habían confundido a los periodistas con terroristas y que llevaban una bandera roja. Todo era mentira.

Cuando los comisionados avanzaron en el interrogatorio preguntando por el guía Juan Argumedo (al que habían asesinado horas antes) promovieron agitación gritando “¡basta, basta!” y asustando un poco a la Comisión. A los gritos comuneros se sumaron los rastrillos de los fusiles y los militares los urgieron a marcharse porque la situación “era peligrosa”.

Cuando se iban, el juez ad-hoc Flores quiso llevarse a algunos detenidos pero los militares le negaron el espacio: “No tenemos órdenes de detener a nadie”.

No perdieron tiempo los adversarios de Vargas Llosa

La Comisión, bien intencionada, creyó tener los elementos suficientes para explicar la matanza y regresó a Lima a trabajar el Informe que debían entregar al presidente Belaunde el 4 de marzo, lo que cumplieron.

Quizá Vargas Llosa creyó que había cumplido con creces al recibir el apretón de manos de agradecimiento del Presidente. No fue así porque al día siguiente ya lo estaban atacando los amigos de Mario Castro y comprendió que debía defender el Informe.

“No fue novela sino cuento” fue la primera andanada, a la que seguirían muchas más. Y que continúan, tantos años después, de parte de quienes que creen ciegamente que el escritor colaboró con los militares para ocultar que en realidad fueron ellos, los soldados, quienes ultimaron a los periodistas  a culatazos.

Vargas Llosa cumplió lo prometido. Un mes exacto, como le pidió el Presidente.

(Sobre el Caso Uchuraccay existe un verdadera montaña de material de todo tipo, periodístico, académico, audiovisual. Basta con teclear “Uchuraccay” en Google para comprobarlo. Pero esta breve historia de la Comisión no ha terminado, porque la continuaré… dejando que descansen un poco…).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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