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-Llegan las bailarinas a Lima (“Efecto Norka” 3)

-El fin  de la Belle Epoque

La llamada Belle Epoque duró una veintena de años, acabando bruscamente al iniciarse la gran contienda, “La Guerra del 14”.  Habían sido años de creatividad explosiva de todas las artes y París, Berlín, Londres, Roma, las grandes capitales eran los centros de reunión de artistas y de atracción de turistas y millonarios. La ola artística llegaba hasta Rusia por el Este, a Nueva York por el Oeste, dando frutos que casi no llegaban a la lejana América del Sur, salvo en la próspera Argentina, en Buenos Aires.

Mata Hari, impuso un modelo

Pintores, actores, bailarinas, literatos, todos fueron afectados. La brutalidad de los combates que pronto se convertirían en grandes y cruentas batallas provocó cierres de teatros, desplazamientos de poblaciones, huida de turistas. Los mercados artísticos se cerraban.

Era el momento de mirar hacia América donde, en el Perú, por ejemplo, la guerra era seguida con escasa atención porque nos afectaba poco. Un puñado de intelectuales seguía con atención los avatares artísticos europeos pero los grandes espectáculos no llegaban nunca a Lima y mucho menos las estrellas del canto y la danza.

La Verbist en acción

-Felyne Verbist fue la primera

Una bella belga, rubia y delgada, fue la primera gran bailarina europea en llegar a Lima y provocar sensación.  “Sobre el tinglado, en medio de una decoración de suaves y sagaces matices, se erguía y retorcía, con rítmicos espasmos, la esbelta bailarina.  (…) Los ‘colónidas’ hervían de fervor” cuenta Luis Alberto Sánchez en su historia de la literatura.

La Verbist traía a Lima la nueva danza, una mezcla de exotismo oriental inventado por europeos y movimientos libres en estilo que había impuesto la ya afamada Isadora Duncan.  Era la línea, digamos, de la Bella Otero, de la no menos famosa Mata Hari.  Pero también la belga hacía ballet clásico y nos hizo conocer, por ejemplo, la célebre “Muerte del Cisne” que era la favorita de Ana Pavlova.

Isadora Dunca, la pionera

Los poetas criollos, los Colónidas que lideraba Abraham Valdelomar, se lanzaron sobre la belga que solo aceptó al buenmozo Alfredo Gonzales Prada.

Con mayor entusiasmo todavía recibieron al año siguiente a la muy atractiva española Tórtola Valencia, quien también ofrecía coreografías exóticas; y entre sus admiradores encontraremos a José Carlos Mariátegui que la entrevistó para el diario El Tiempo.

Sigamos a Sánchez:  “Mientras la grácil silueta de Felyne convidaba al espíritu, el vigoroso y moreno cuerpo de Tórtola Valencia, sus enormes y ardientes ojos oscuros, su exótico atavío, sus bailes orientales, el encaje tejido por sus pies desnudos, hablaban de otra manera a los sentidos”. El escritor se burla: “También Tórtola recorrió algunas ciudades del Perú.  La provincia sentía estremecimientos inesperados ante semejante orgía de ritmo y exotismo”.

Ana Pavlova, lo máximo

En ese par de años llegaron artistas de renombre pero lo máximo fue, en 1917, la compañía de bailarines rusos que lideraba Ana Pavlova, estrella indisputada del ballet clásico y el éxito fue igualmente sensacional, muriendo como cisne, que era, repetimos, su espectáculo cumbre.

-Y también, Norka Rouskaya

Norka Rouskaya no era tan conocida. No era su nombre real, lo habían inventado para evocar a la lejana Rusia, y tampoco era bailarina sino buena violinista y fue gracias a su belleza que se decidió por el baile. Siempre la acompañaba su madre, apellidada Franciscus y declaraban ser suizas, pero tenían un marcado acento rioplatense que hacía sospechar de otro origen.

“Norka” era muy hermosa, amable con los periodistas, a quienes concedía todas las entrevistas que le pedían y posaba para todos los fotógrafos. Los Colónidas también fueron cautivados por sus bailes igualmente mezcla de Mata Hari con Isadora y se hicieron amigos.

Su mejor número, el más aplaudido, era su dramática Danza Fúnebre y por eso lograron convencerla de presentarla en el Cementerio. La madre pensó quizá que era una buena propaganda para su hija y ésta no dudó en aceptar.

Nadie imaginó los efectos de la ocurrencia en que participó Mariátegui, vicepresidente del Círculo de Periodistas.

Mañana: Se rompe el Círculo de Periodistas

 

 

 

 

 

 

 

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