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En el “Día del Periodista” mi homenaje al gran Humberto “Chivo”Castillo, reportero

La desaparición del gran reportero Humberto Castillo a quien apodábamos cariñosamente “Chivo” ha conmovido profundamente a la comunidad periodística, pero en particular a quienes nos reconocemos como parte de su generación o para los que están muy cercanos.

Alfonso Barrantes , Humberto Castillo y Paloma San Basilio.

Esto debido, es probable, a que somos conscientes de que la fecha de su partida parece marcar el cierre definitivo de una época, un estilo de hacer periodismo que a estas alturas es irrepetible porque la irrupción de Internet ha alterado para siempre las rutinas de recolección de información.

Los historiadores del periodismo peruano reconocen que 1950 fue un año decisivo para los cambios que ya anunciaban que una generación de periodistas sería reemplazada por otra, juvenil, vigorosa y mejor preparada para afrontar nuevas condiciones. El también reconocido periodista Efraín Ruiz Caro, quien estuvo entre los fundadores del pionero vespertino “Ultima Hora” comentó alguna vez que aquellos años cincuenta fueron testigos de cómo abandonaban las redacciones viejos colegas para ser reemplazados por periodistas veinteañeros a tiempo completo, dedicados en exclusividad a la noticia.

Esa nueva generación fue la que renovó la presentación de los diarios.

Al iniciarse 1950 tanto “La Prensa” como “El Comercio” -los diarios reconocidos como más importantes por su influencia- cubrían sus primeras páginas con anuncios. Fue necesario el interés del propietario del primero, Pedro Beltrán, conocedor del periodismo norteamericano, para una revisión drástica tanto de la presentación gráfica como de las nuevas formas de presentar las informaciones.

Algunas de sus iniciativas que pronto dieron frutos en las ventas fueron adoptadas con rapidez por “El Comercio” que abandonó para siempre la primera página atiborrada de anuncios para pasar a los titulares anunciando las noticias principales.

Algunas notas de Humberto Castillo, que estudiaba literatura en Trujillo y reemplazaba ocasionalmente a un amigo en la corresponsalía de “La Prensa” no pasaron desapercibidas por el ya experimentado Director de Informaciones del diario, Alfonso Grados Bertorini, quien al visitar la ciudad norteña, lo invitó a dejar Trujillo para instalarse en Lima y como redactor a tiempo completo.

Castillo se decidió por el periodismo y en 1960 se unió como aprendiz al buen equipo de jóvenes intelectuales que Beltrán había reclutado y que ya habían logrado convertir a “La Prensa” en un buen instrumento para los intereses de sus propietarios, pero también para los nuevos lectores que tenían, por fin, un periódico de referencia.

-El “Cuadro de Comisiones”

Era el tiempo del antiguo “Cuadro de Comisiones”, esto es, la lista de encargos a los redactores que sus jefes inmediatos tenían la obligación de colocar todas las mañanas en una pizarra especial. Los redactores acudían al periódico sin imaginar qué les encargarían. Podían ser a veces hasta cinco o seis “comisiones” de temas dispares como, por ejemplo, recibir a un notable en el aeropuerto, luego asistir a una audiencia judicial, cubrir los efectos de un incendio… Así, siguiendo la vieja máxima “en el periodismo se sabe la hora de entrada al diario… pero no la hora de salida”.

Siguiendo el viejo método de aprendizaje de los diarios de entonces, Castillo fue enviado a la sección policial, a visitar comisarías y, como él lo contó “…con el correr del tiempo transité por las diversas secciones del diario escribiendo informaciones de provincias, locales, hípica, deportes y mucho tiempo estuve dedicado a las crónicas parlamentarias”.

Pero “La Prensa” aplicó con los mejores reporteros un método desconocido por entonces: la asignación de fuentes fijas, evitando el Cuadro de Comisiones y así Castillo pasó a especializarse en fuentes, casos judiciales, etc. que veía cotidianamente en una rutina que le permitió establecer relaciones con todos los personajes del Palacio de Justicia y eventualmente lograr mejores noticias que la competencia.

El sistema sería adoptado luego en otros periódicos cambiando así la manera de recolectar información, aunque el “Cuadro de Comisiones” todavía conserva vigencia en algunos diarios.

-Y sin ayuda del “profesor Google”…

La década del 80 marcó una importante diferencia en la producción de periódicos al abandonarse en definitiva los talleres en que campeaba el plomo derretido en los calderos de los extraordinarios linotipos que moldeaban líneas. Estas luego formaban columnas para llenar páginas de las que se obtenía moldes que servían para placas curvas de plomo que se colocaban en los cilindros de las ruidosas rotativas. Un complejo sistema que no es fácil de explicar y que reinó por un centenar de años.

Lo reemplazó el sistema off-set de placas ligeras que convirtieron en chatarra las grandes rotativas y el plomo fue olvidado para siempre.

Y poco después, ya a mediados de aquella década, llegaron las computadoras a las redacciones. Entraron pocas al principio alternando con las ahora obsoletas máquinas de escribir Remington, Underwood, Olympia, etc que ahora reposan en las tiendas de antigüedades.

El principal vuelco del periodismo hacia las nuevas formas de cosechar editar, difundir informaciones, llegó con la magia de Internet y sus programas “Navegadores” siendo el más famoso, hoy, Google, a quien se le puede preguntar cualquier cosa, de todo.

¿Y antes de estos inventos, cómo se las arreglaban los periodistas para practicar el soberbio oficio de cronista, reportero de investigación, etc.? La respuesta podría dárnosla Humberto Castillo: la cultura lograda a base de lecturas, de elección de textos de periodistas reconocidos. “¡Lean a Hemingway!” cuentan que recomendaba a los noveles que le pedían revelar su presunto secreto para ser un buen periodista.

Tenía además nuestro personaje como virtud a sensibilidad social que enriquecía sus crónicas y social que lo llevó a estar siempre al lado de los menos favorecidos, a los castigados por las injusticias y de sus colegas del gremio de periodistas. En la historia de los reportajes comprometidos estarán siempre sus famosas crónicas del Caso Huayanay y su relato del Caso Uchuraccay -entre los más importantes.

Castillo alcanzó al prodigio de Internet pero no le hizo falta para mejorar sus crónicas porque era de la vieja escuela, de aquella en que los redactores mataban el tiempo con un libro en la mano, sin teléfono móvil ni laptops y recurrían a su memoria y cultura para informar de la mejor manera a sus lectores.

-Una anécdota personal

Los amigos, colegas de Humberto Castillo podríamos organizar con facilidad un simposio de varios días para contar historias de sus trajines periodísticos, de sus aventuras. Un ejemplo mínimo ejemplo personal: Castillo, como puede apreciarse en las fotos, era un hombre apuesto, de elegancia natural que realzaba cuando lucía su terno azul y la corbata roja. Sin llevar en las manos libretas, lapicero y mucho menos grabadora, ingresaba con seguridad y soltura a cualquier ambiente sin que le pusieran trabas. Era, en síntesis, distinto de los que éramos reconocidos como periodistas al instante por los ojos expertos de los policías.

En octubre de 1971 el presidente de Chile, Salvador Allende, hizo una importante visita al Perú para establecer acuerdos diversos con el gobierno revolucionario que, bajo la conducción del General Velasco, era más poderoso que nunca.

Fui encargado por “Expreso” para cubrir la partida y me uní al montón de reporteros, fotógrafos, que se agolpaban en el aeropuerto -el Grupo Aéreo 8- y eran contenidos a duras penas por los guardias.

Me retiré un poco, abrumado por el espectáculo, cuando ví que un grupo de elegantes diplomáticos entraba sin problemas y sin mostrar más credenciales que la pinta…y entre ellos ¡el mismísimo Chivo Castillo! quien me hizo una seña invitándome a unirme a fila porque yo también llevaba una buena corbata y zapatos lustrosos. Era entonces redactor de “Correo” si no me equivoco.

Y así estuvimos al lado de los generales, de los embajadores, espectamos la despedida… y obtuvimos material para buenas notas del evento. Cuando terminó la ceremonia y lo busqué para agradecerle solo alcancé a ver una mano que se despedía…¡desde un auto oficial!

Conté mi asombro a algunos colegas y me contaron que así era el Chivo, audaz al extremo, generoso con los colegas, travieso y en ocasiones fresco como una lechuga.

….

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