Cuando los periodistas hacen de mendigo, loco o de p…

En 1961 Isaac Felipe Montoro se disfrazó para incursionar en el sórdido mundo de los mendigos de Lima; en 1984 José María Salcedo simuló estar loco para pasear a sus anchas en el hospital Larco Herrera; en 1992 Consuelo Chirre salió a la avenida Arequipa por varias noches aparentando ser prostituta. Y todo para lograr buenas historias para contar que no tenían necesariamente intención de denuncia.

Chema loco

José María Salcedo hizo de loco. (Foto Carlos Domínguez- DESCO)

Los historiadores del periodismo ha rastreado el origen de este periodismo –que luego fue llamado “Nuevo Periodismo”- que debía ir más allá de la cobertura simple y cotidiana para saber y luego mostrar lo invisible a los ojos de las personas comunes y corrientes.

Entre los pioneros de este tipo de búsquedas está nada menos que el célebre Charles Dickens que, en 1836, con solo 21 años, recibió el encargo de “The Morning Chronicle” de abandonar las coberturas políticas para buscar historias en la sordidez del Londres desconocido. Sus relatos tuvieron gran éxito y es probable que fueran la semilla de sus posteriores novelas.

A partir de entonces la lista de reporteros que lograron fama por sus trabajos de “inmersión” es larga aunque, es necesario decirlo, tenemos referencias amplias del periodismo norteamericano pero escasas del europeo.

Por ejemplo conocemos los casos de Nellie Bly, reportera del “World” de Pulitzer, que logró pasar por demente, ser internada en un manicomio neoyorkino para después publicar una demoledora serie denunciando las terribles condiciones de los enfermos.

Dos periodistas que andando los años serían famosos tuvieron experiencias parecidas en los bajos mundos de Londres y París. En 1902, el entonces reportero Jack London pretendía viajar a Sudáfrica para cubrir la guerra de los bóers, en Africa del sur, pero quedó varado en Londres por varios meses esperando inútilmente hasta que se le ocurrió hacerse pasar por marinero desempleado y vivir como mendigo.

La experiencia fue contada en el libro “El pueblo del abismo” (“The People of the Abyss”) y provocó gran conmoción. En su Introducción escribió: “Viví las experiencias recogidas en este volumen en el verano de 1902. Bajé a los submundos de Londres con una actitud mental propia de un explorador.  Estaba abierto a ser más convencido por lo que vieran mis propios ojos que por las enseñanzas de esos que fueron y vieron antes que yo”.

El otro caso es George Orwell, el autor de “1984” (se llamaba realmente Eric Blair) , que en 1931 pasó penurias de mendigo en París y Londres para luego cronicarlas y publicarlas, bajo el título de “Down and Out in Paris and London” (en la edición en castellano se llama “Sin blanca en París y Londres”.  Al final de su relato dijo :”A pesar de todo, algo he aprendido. Nunca volveré a pensar que los vagabundos son malhechores borrachos, ni esperaré que un mendigo se sienta agradecido cuando le dé un penique, ni me sorprenderá que a los desempleados les falten energías, ni haré donativos al Ejército de Salvación, ni empeñaré mi ropa, ni rechazaré un folleto por la calle, ni disfrutaré de una comida en un restaurante pequeño. Por algo se empieza”.

Un relato famoso es el del norteamericano Hunter Thompson, que ingresó a la temible banda de motociclistas “Angeles del Infierno” compartiendo una vida de alcohol, drogas y latrocinio para luego contarle en crónicas que le valieron una terrible paliza de sus antiguos compañeros de ruta.

De Europa conocemos al famoso alemán Gunter Walraff  que planteó la fórmula “Hay que enmascararse para desenmascarar” y  que viene practicando desde los años 60.  Quizá su libro más conocido sea “Cabeza de turco”, donde contó cómo se disfrazó para conocer y luego contar las penurias de los migrantes turcos en Europa y en especialmente en Alemania: “Encargué a un especialista que me fabricara dos finas lentillas de contacto, de color muy oscuro… me encasqueté una peluca negra para mis entonces ya ralos cabellos, lo que me hizo parecer varios años más joven”. Luego se lanzó a buscar trabajo recogiendo información que luego se publicaría en el diario “Bild”.

Pero no avanzaremos ahora en esta apasionante historia, de la que hay abundante bibliografía, para dar paso a las tres historias que hemos recogido.

-Montoro: “Yo fui Mendigo”, 1961

“Cuando llegué a la iglesia miré a todos lados. Con timidez me senté junto a la puerta apoyando la espalda contra el muro. Eran las nueve de la mañana. Los fieles entraban a misa…

…Tendí la mano y empecé a decir ‘una caridad por la gracia divina’. Al instante un señor me dio un sol. Pensé que todo comenzaba bien. En ese momento se acercó un guardia. ‘A otro lado, viejito –me dijo-. En este lugar está prohibido, puede llegar el oficial y me echa un sermón”.

Este fue uno de los primeros párrafos que el reportero policial Isaac Felipe Montoro redactó al iniciar su crónica seriada “Yo fui Mendigo en la Gran Lima” publicado en las páginas centrales del flamante diario Expreso a partir del sábado 11 de noviembre de 1961.

-Un nuevo diario para Raúl Villarán

A principios de 1961 un grupo de liberales reunían voluntades y dinero para promover la candidatura presidencial del carismático Fernando Belaúnde Terry, que había ingresado a la política con cierto estruendo en 1956 cuando obligó al gobierno de Manuel A. Odría a inscribirlo como candidato. Perdió en las elecciones frente a Manuel Prado pero su partido, Acción Popular, cobró importancia y pronto fue avizorado como el futuro líder que podría enfrentar a Víctor Raul Haya de la Torre, fundador del Apra.

Uno de sus más entusiastas seguidores era el millonario Manuel Mujica Gallo, “Manongo” para sus amigos, que asumió el reto de solventar un diario para promover a Belaunde en las elecciones previstas para 1962.

Nunca había sido bueno para los negocios o la política pero no importaba. Junto con su hermano Miguel (quien fundaría más tarde el famoso Museo de Oro” a base de su colección privada) había heredado una docena de haciendas que ni siquiera conocían pero que les proveían el dinero necesario para sus aficiones. Manuel como mecenas de arte y de los toros y Miguel de safaris en Africa y la India y sus colecciones de oro y armas.

Y así, convencido por sus amigos, fundó una empresa, rentó el local de una imprenta en quiebra en el jirón Ica donde instalaron una pequeña rotativa descartada por obsoleta por el norteño Cerro Cebrián dueño de “La Industria” de Trujillo, y comenzaron a  buscar periodistas.

Convocaron al eficiente profesional Manuel Jesús Orbegoso para que organizara el nuevo diario que se llamaría “Expreso”; pero cuando la redacción estaba casi lista cambiaron de idea. Contrataron como Director a un diplomático, Pando, y como Jefe de redacción a Raúl Villarán.

Villarán ya era poco menos que una leyenda por su triunfo con el tabloide “Ultima Hora”, diario de la tarde que había cambiado el rostro del periodismo en 1950. Junto con un puñado de jóvenes talentosos apostó por el Interés Humano, sus titulares usaban la jerga o habla popular, prefirió el espectáculo a la política y así alcanzó cifras de venta inéditas en el periodismo limeño de entonces.

Dejó “Ultima Hora” luego de pocos años y llevó su talento a la revista “Extra”, buscando siempre los mejores redactores y acertando con los reportajes sensacionales. Luego fracasó en el intento de hacer de “La Tribuna”, órgano oficioso del Apra, un buen diario, porque los Compañeros preferían la política y su visión del periodismo era la propaganda partidaria no la información. De ahí pasó a fundar la revista “Jueves” hasta que fue llamado para el nuevo diario, el tabloide del jirón Ica.

Esta vez tuvo suerte porque los dueños le dieron confianza absoluta y presupuesto y esto le permitió formar una buena planilla de redactores que darían vida al tabloide liberal de corte popular que se deseaba. Y entre sus mejores “jales” estuvo Jorge Donayre, conocido en las redacciones como “Cumpa”, periodista talentoso, de gran creatividad.

Fue el Cumpa Donayre, jefe de Información Local, quien comenzó a proponer y reunir reportajes de los que Villarán llamaba “Inactuales”, esto es, notas interesantes a las que se podía echar mano en cualquier momento; y nuestra historia del periodista disfrazado de mendigo fue una de ellas.

-“Disfracen a ese flaco…”

Entre los periodistas convocados por Villarán estaba Isaac Felipe Montoro, asignado a la sección Policial que comandaba el legendario Carlos Ney Barrionuevo y que también recibió el encargo de hacer notas Inactuales, esperando el día de salida del diario.

Fue en setiembre de aquel 1961 que Donayre reparó en el aspecto de Montoro: flaco, casi escuálido entonces, moreno, de pelo ensortijado y enmarañado, el reportero que venía de las canteras de “Ultima Hora” escribía encorvado sobre la Underwood, con un cigarrillo a medio fumar colgando de los labios. Silencioso, discreto, no llamaba nunca la atención. Pero luego del horario de trabajo nunca se negaba a acompañar a Carlos Ney y sus amigos policías a una buena celebración.

Villarán y el Cumpa  Donayre le propusieron el reportaje y Montoro aceptó encantado la idea de disfrazarse de mendigo y salir a la calle a pedir limosna.

En aquella época Montoro era alumno aplicado de Derecho en la Universidad de San Marcos y compartía afanes intelectuales con su hermano Jorge, actor de teatro, que se haría muy conocido en la televisión como  “El Poeta Hippie”.

Montoro se preparó como para una obra de teatro. Se dejó crecer más el pelo y la barba, rebuscó en su ropa vieja, consiguió zapatos rotos, un viejo sombrero, se despidió de su esposa diciéndole que viajaría al norte en misión periodística y se presentó en el diario en tal facha que por poco no lo dejan entrar.

Allí lo esperaban Donayre y el fotógrafo que lo sería su sombra en los cuatro o cinco días que duró la aventura. Y se fue a un hotelucho del centro a dormir, a prepararse.

-“Soy un mendigo”

“Quería saber si los mendigos podían enriquecerse, si viven mejor de lo que uno imagina. Había oído que muchos de ellos tienen negocios, que dan plata al diario, que algunos son avaros. De todo esto quería convencerme.

Salí el domingo temprano del hotel y prefería caminar hasta la iglesia de La Merced. Me sentía incómodo. Además de mi aspecto miserable había en mí algo siniestro por mi luenga barba, mi ropa vieja y sucia, mi calzado con la suela rota”.

Fueron varias jornadas que hizo bajo el discreto resguardo de redactores de Expreso y del fotógrafo. Cuando se decidió que era suficiente, que ya había recogido material suficiente, volvió a su casa, contó su historia, arrojó el disfraz a la basura y retornó al diario a escribir el reportaje que lo haría conocido.

El reportaje fue dividido en cuatro entregas que esperaron el momento oportuno para su publicación. Y por fin fue anunciado en la primera página: “Reportero de ‘Expreso’ vivió como mendigo para relatar su dramática experiencia”, explicando a los lectores en el estilo favorito de Villarán y Donayre: “….Perdido entre la muchedumbre, vestido con un traje miserable y cubierto su rostro por una amplia barba, Montoro ha recorrido la ciudad como un personaje anónimo. Ha vivido en hoteles de ínfima categoría y en las cuevas donde anidan la miseria y el crimen. De allí ha salido cada día para ganar el pan implorando la caridad pública”.

La primera entrega fue titulada “Redactor de ‘Expreso’ extendió las manos para tocar problema”, tomando toda la página central con grandes fotos. La segunda, al día siguiente se tituló “Mi maestro ‘el rengo’ me dicta una lección” relatando una incursión a la Alameda de los Descalzos en el Rímac, uniéndose a un grupo de mendicantes que lo invitaron a comer. La tercera fue “Comerciantes y mendigos han celebrado un pacto” con el relato de la experiencia de dormir en una cueva en el viejo Cantagallo, en la ribera del Rímac. Finalmente, el martes culminó la serie con “Contra lo que se cree la mendicidad no es un gran negocio”.

El diario, Villarán, no tenían otra intención que mostrar una aventura periodística, y así lo entendió Montoro al culminar su trabajo: “No me propuse en ningún momento buscar soluciones al problema de la mendicidad. La iniciativa para ello corresponde a las instituciones ampliamente conocidas que han realizado estudios y tienen planes al respecto desde hace varios años”.

-Del reportaje a la novela

Varios años después Montoro convirtió su reportaje en novela, añadiendo episodios poco verosímiles, introduciendo ficción que no le hubiera tolerado en el diario. Con “Yo fui mendigo” inició su carrera de novelista con un prólogo de nada menos que el celebrado poeta Juan Gonzalo Rose.

Pasaron los años. Isaac Felipe siguió de cronista policial a la vez que escribía y editaba sus novelas que llevaba siempre consigo y vendía a módico precio a sus colegas, amigos y algunas librerías. En 1981 volvió al tema periodístico con su relato “Las ratas del Castillo” con Raúl Villarán como el personaje central.

Se asegura que publicó unas cuarenta novelas. Hemos recogido solamente los títulos de “La muerte de Mariana Altamira”, “El secuestro de Anastasia”, “La sombra de Avelina”, “Guerra y hambre”, “La fuga del zorzal”, “Los niños mutilados”, “Los demonios del rock”, “El abogado y el crucifijo del diablo”, “El botero de Talara”, “La doble cara de una rosa”, “La furia ofendida”, Luz en el puerto”, “Hoguera en la nieve”, “La amante de Drácula”,  “El acusado rojo”, “Callejón de la soledad”… todas de corte policial, denuncia social y algunas francamente truculentas. En las librerías de viejo recuerdan bien a ese señor moreno, flaco y encorvado llevando sus nuevos libros pero todos, dicen, preferían “Yo fui mendigo”, un auténtico best seller de los años sesenta. Ya es muy raro conseguirla pero está junto con varias de sus obras en la Biblioteca de la Universidad de San Marcos.

Quizá la crítica literaria formal no lo haya tenido en cuenta pero los periodistas no lo olvidaremos. Murió en noviembre de 1999, a los 76 años.

-Salcedo: “Yo fui Loco”, 1984

“Chema Salcedo era la sangre de la calle”. Así describió Abelardo “Balo” Sánchez León al multifacético José María Salcedo, al recordar los viejos buenos de la gran revista “Quehacer” que editaba el Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, más conocido como DESCO, y que ya no se publica más.

Fue en el último número en una emotiva nota de despedida que Balo, su último director,  recordó la fundación por Henry Pease en octubre de 1976 y pasó revista a sus responsables, el director Juan “Cancho” Larco, los periodistas Salcedo y Raúl Gonzales y luego un grupo de colaboradores, todos intelectuales importantes como Marcial Rubio,  Luis Peirano, Nelson Manrique, Humberto Campodónico y otros. En la fotografía nada menos que Carlos “Chino” Domínguez y Hermann Schwarz.

Describiendo el trabajo que hacían “Balo” escribió: “Si bien Cancho funcionaba a veces como un comisario respecto de la línea política y a los temas a escoger, a Chema Salcedo le fascinaban los reportajes, salir a la calle, traer el aliento de la vida al cubículo de la revista”.

Y añadió después que “De 1980 al 200, Quehacer se consolidó como la publicación que daba línea a una izquierda legal, enfrentada, a su manera, a la izquierda subversiva de Sendero y el MRTA, donde Chema Salcedo era el responsable que respirara por sus poros el trajín de una vida remecida por las bombas y la hiperinflación” (Quehacer. No.

Hoy, decenas de años después, si un estudiante de periodismo pregunta sobre lo que es “un periodista todo terreno” la respuesta será automática: “Chema Salcedo” porque de la prensa pasó a la radio, luego a la televisión, animador de eventos culturales, etc. e incluso a moderar grandes debates políticos.  Debe ser el periodista más popular del medio.

-Los “Informes Especiales” de “Quehacer”

La colección de 35 años de “Quehacer” contiene una valiosa serie de reportajes de Salcedo sobre aspectos diferentes de la realidad nacional y que luego fueron reunidos en su libro antológico “El vuelo de la bala” (Arte&Comunicación. Lima. 1990), como por ejemplo “Por la ruta de los mártires” (sobre Uchuraccay), “En la casa de Balzac” (un viaje a Francia), “Ocoña en su corazón” (sobre los cambistas), “La República del Huallaga” (los territorios de la coca), “Con Sendero en Lurigancho” (una visita al pabellón de los extremistas) y otros.

Pero quizá el más notable fue el Informe Especial “Vida, Pasión y Muerte de la Salud Mental en el Perú”, una extensa investigación sobre el tema que le tomó varias semanas de trabajo y fue finalmente publicada en el “Quehacer” nro. 29, de junio de 1984, con fotos de Domínguez y Peirano.

Debemos recordar que se acercaba el fin del gobierno de Fernando Belaunde Terry, que se debatía en una grave crisis económica con una inflación que no podía detener. Y ya Sendero Luminoso aumentaba sus acciones terroristas en el centro del país. En suma, pasaban los peruanos por un pésimo momento.

La interrogante que se hicieron en Quehacer era en apariencia sencilla: “¿Qué está pasando con el alma de este país en crisis?” y para bosquejar una respuesta Salcedo dividió su indagación en varias partes, procurando abarcar todas aristas de la problemática. Primero entrevistó a los reputados siquiatras Javier Mariátegui y Baltasar Caravedo, bajo el título de “¿Del millón de empleos al millón de locos? Luego trazó una historia de cómo se trataba la enfermedad mental en el país, con la crónica “Loquerías y sustos en la historia del Perú. Después otra, ya conceptual “Locos, normales y enfermos mentales”. Luego de su incursión secreta escribió “Radiografía de un hospital” para rematar con entrevistas a los psicoanalistas César Rodríguez Rabanal y Max Hernández con el título de “El Poder Profundo”.

-Salcedo, falso paciente del Larco Herrera

Y finalmente lo mejor del Informe del Chema: la exploración directa al Hospital Larco Herrera (El “manicomio”) haciéndose pasar por víctima de una depresión aguda. Planificaron bien el engaño: “Dos días de barba, una pequeña revolución en el orden del pelo, una vestimenta holgada, triste, descuidada, permitieron completar el cuadro. Y una mañana enrumbamos hacia el Hospital Larco Herrera”.

Domínguez lo seguía de cerca disimulando su cámara en una bolsita de plástico y tomaba fotos cada vez que podía porque cuando iniciaban los trámites una señora se acercó y le dijo “Oiga, no sea malo, no le tome fotos al loquito”.

Salcedo compró un ticket de atención, hizo la cola en una gran sala esperando que lo llamaran y la primera entrevista fue con una psicóloga; luego pasó al médico y salió con un diagnóstico de depresión. No fue internado.

Volvió al día siguiente, siempre conservando el mal aspecto que hacía duda a las taxistas que llamaba para que lo llevaran al Larco Herrera.

“Una imagen me agredió recién vuelto al hospital. Un anciano de pequeña estatura, hurgaba un montón de basura. Al fondo un paciente defecaba. Aparentemente, el anciano escarbaba en busca de comida: de hecho, de vez en cuando, se llevaba algo a la boca…”.

“Poco después un nuevo anciano me interpeló.

Era un hombre flaquísimo, alfo y afilado, dedos largos y manos sarmentosas. Una cierta nobleza sufrida se reflejaba en su expresión. Sospecho que vio la escena anterior porque pidió un cigarrillo con pocas muestras de ansiedad, como quien supiera que todos modos lo iba a conseguir.

Algo me hizo cohibirme y le expliqué: “Solo tengo Inca”. “No importa”, me dijo, “Inca está bien” (…) Dialogamos brevemente y me enteré que llevaba ahí unos dieciocho años. “Mejor, ya estoy mejor” me dijo cuando le pregunté por su estado de salud.

(…)

Me tocó internarme luego en uno de los pabellones del hospital que atiende a todo tipo de pacientes. Inmóviles catatónicos, dos oligofrénicos, un atareado y hasta alegre interno que se afanaba con unos baldes de agua, me contemplaron con toda naturalidad en medio de un patio de locetas.

Al fondo, un hombre parecía dormitar repantigado contra la pared. Me acerqué y se lanzó a hablar. “Cómo le va, cómo le va. Qué dice la CIA. Yo soy agente de la CIA. Tengo unos vidrios en los ojos, unos vidrios perfectos, oiga usted, unos vidrios con los que veo la verdad. Con los vidrios veo el cuerpo y el alma, veo todo, lo bueno y lo malo y la CIA, veo también a mi amigo el Señor Emperador del Japón”.

Salcedo, pitando siempre un apestoso cigarrillo Inca, hundiendo los hombros para aparentar enfermedad, paseó despacio por todo el hospital sin que nadie advirtiera que no era paciente regular. Pero es que en ese lugar nadie se fija en nadie, todos dejar hacer, pasan por alto cualquier actitud.

Luego salió a la calle, siempre con el Chino Domínguez unos pasos atrás, y decidió abordar a vecinos y transeúntes para saber cómo trataban a los presuntos pacientes. Pero en la esquina se encontró con uno verdadero, que le preguntó: “¿Te has escapado?”.

“Me acerqué a un grupo de obreros de construcción que hacían cola para recibir el almuerzo. Solicité un cigarrillo pero nadie me lo ofreció; volteaban más bien la cara ante mi irrupción. Reparé entonces en la jovencita que los servía. “¿Cómo me ves?” le pregunté. Y añadí: “Ya estoy mejor, ¿no?”. La chica pareció turbarse, bajó la vista y musitó: “Sí joven, ya está usted mejor”.

Después dos señoras de aspecto elegante hicieron gestos de asco cuando les pidió cigarrillos, luego una mochilera nórdica lo miro con sorpresa y apresuró su marcha.

La mejor experiencia fue con el vendedor de periódicos en el kiosko de la esquina:

“Con paciencia tomó un cigarrillo rubio –de los que seguramente venderá por unidad- y me ofreció. Cuando lo encendía le pregunté cómo apreciaba mi estado de salud: “Oiga señor, ya estoy mejor ¿no?”.

Algo ensombreció en el rostro del hombre, me miró a los ojos y me dijo: “No señor, francamente, no está usted mejor”.

La amabilidad y la franqueza de este hombre me resultaron conmovedoras”.

-Las autoridades del hospital

Al terminar sus entrevistas, pesquisas y paseo por el Larco Herrera, Salcedo pidió cita a la doctora Salas, directora entonces del hospital, quien fue tajante:

“Vea usted, se ha estado manipulando mucho a los pacientes. Nosotros no nos preocupamos por las noticias, estamos totalmente abocados a la atención de nuestros pacientes y acá no se permite ninguna publicidad. Cuidar a nuestros pacientes es más importante”.

Menuda sorpresa debió haberse llevado cuando vio en las páginas de Quehacer que su prohibición de permitir el ingreso de periodistas había fracasado ante la audacia del menudo reportero José María Chema Salcedo, que contaría con detalle todo lo que pasaba dentro de los altos muros del llamado “Manicomio”.

-Chirre: “Yo fui P…”, 1992

La idea fue de Jorge, “Coco”, Salazar, el renombrado cronista policial.

Ya son pocos los jóvenes periodistas que eligen la crónica policial como especialidad. Los que se deciden por esta antigua manera de hacer periodismo -que antes disfrutaba de tal popularidad que todos los periódicos le destinaban páginas especiales- tienen la obligación de leer los libros de Jorge Salazar, cronista de leyenda.

Era un experto en los temas que abarcan aquellas secciones que hoy ya no tienen lugar preferente. Crímenes, secuestros, prostitución, explotación de menores, el popular Coco Salazar conocía todo lo sórdido y formaba parte de una pléyade de “policiacos” en que descollaban Juan “Gato” Marcoz” y Carlos Ney Barrionuevo, de “La Crónica”, Ernesto Chávez de “Expreso”, el gran Emilio Bobbio de “Ultima Hora” entre muchos otros.

El oficio de reportero policial se mezclaba con obligadas noches de bohemia que por lo general compartían con los entonces policías de investigaciones, los “PIPs” cuya amistad era indispensable para el oficio. Sin un buen datero en el interior del mundo del crimen, el oficio de periodista policial era impensable.

Transitó por varias redacciones y en 1992 estaba en el agonizante “La Tercera”, antiguo vespertino del venerable tabloide “La Crónica”, el fundador en 1912 del periodismo sensacionalista criollo.

Allí se le ocurrió que la reportera Chirre, una guapa morena que atraía miradas de los coleguitas, podría emular al inolvidable Montoro y entonces propuso a la dirección la aventura de “Yo fui P…”.

Consuelo Chirre aceptó con entusiasmo y se armó un equipo: fotógrafo, reportero que la seguiría con discreción pero muy de cerca por si acaso alguien se propasaba, un chofer que daría vueltas….Y una noche, luego de una sesión de maquillaje y cambio de ropa, Consuelo quedó convertida en prostituta. Una peluca postiza, rojo de labios exagerado, largas pestañas postizas, ojeras azules, una buena rociada de perfume barato, un abrigo que encubría una sugestiva minifalda que permitía atisbar sus curvas.

Y partieron todos, a las ocho de la noche, a la avenida Arequipa, a la altura de Lince, a buscar “clientes”.

En la introducción al reportaje “Yo fui P…” Salazar recordó a Montoro y agregó:

“… Hoy día, en medio de las tragedias que sufrimos, del miedo que nos consume, una joven mujer, periodista y madre de familia, va aún más allá: se disfraza de prostituta y recorre las calles de  nuestra golpeada villa y logra el más vívido y dramático reportaje que se haya hecho sobre la prostitución en toda la historia periodística del país”.

Para la experiencia eligieron la zona de Risso, en la vereda de un restaurante que ya no existe, el “Marcantonio” y entonces Consuelo comenzó a pasear su bien dotada anatomía por el filo de la vereda, fumando despacio y haciendo girar su carterita con coquetería. Más allá estaban sus guardianes y el propio Coco Salazar quien le había asegurado que no habría problemas. “Si pasa algo me llamas y dices que soy tu caficho…”.

Fueron varias noches las que salió la reportera a “buscar clientes”, recogiendo experiencias mientras el fotógrafo captaba escenas sugerentes de acercamiento de clientes y hasta de acoso que tuvieron que ser controladas con energía por el presunto “caficho” (o explotador). Luego de cada jornada, el equipo periodístico regresaba al diario y de ahí a un restaurante cercano a cenar, compartir la aventura y reírse un buen rato de los “clientes” de Consuelo.

Finalmente, el 18 de agosto de 1992 “La Tercera” lanzó el Gran Reportaje “YO FUI P…” bajo el título general de “La Crónica Negra” por Consuelo Chirre Livia, añadiendo los créditos respectivos, Fotos: Martín Alvarado, Diseño: Alberto Escalante, Diagramación: Luis Huachani.

-“A la cuadra 15 de Arequipa”

Aquí parte del relato de Consuelo y que probablemente fue mejorado por la buena prosa de Salazar:

“Era mi hora. Salí del auto y caminé media cuadra, casi al costado del Marcantonio. Se alborotó el cotarro de un grupo, se desgranó una pareja de muchachones, “niños bien”, se les notaba por la vestimenta, también nerviosos. Un tufo tibio, de cerveza, me invadió el rostro.

-¿Y? ¿Cómo es, mamita?

-Treinta y cinco.

-Treinta y cinco ¿qué?

-Treinta y cinco dólares o cuarenta soles. Es lo mismo.

El más alto se aventó. Para mí fue sorpresa.

-¿Los dos?

-¿Cómo los dos?

-No.

-Huevona…”

 

Allí se le pusieron las cosas difíciles a Consuelo porque se acercaron tres jóvenes un tanto agresivos, que el fotógrafo captó inmediatamente, acercándose:

 

“El más resuelto, bigotes y un gorro, se adelantó a sus compañeros. Me volví a sorprender, el tipo me saludó:

-Buenas noches chinita. Qué tales piernas, chinita.

-Hola.

-¿Cómo es la cosa chinita?

-Cuarenta soles.

¿-Nada menos?

-No

-¿Y dónde?

-Tengo un sitio.

(…)

-Mamita ¿tú eres costilla franca?

-Claro, cojudo.

Y antes de que me diera cuenta, el tipo me abrió el abrigo.

-Déjame ver la cosa, la merca…”.

Consuelo lo largó pero no pudo librarse de él hasta dos cuadras. Hasta que llegó otro que le hizo la mejor oferta de todas, pagarle el doble que la “tarifa”.

“Pensar que con este trabajito me puedo hacer millonaria, me dije. Con lo que me pagan en la chamba, pensé.

Haciendo un cálculo mental comencé a multiplicar ochenta por 30. Vamos que se gana y se gana bien. ¿Pero esto será todos los días? Me imagino que no. Habrán días que las cosas irán mal. Hay que pensar que era día de quincena. Viernes 14. Era de noche, fin de semana, había plata y sobre todo muchas ganas de querer reventar billete. Trago, juerga, sexo. No importaba la sífilis, el chancro blando, la gonorrea, el sida…

Las cosas se ponían difíciles, el hombre, terco. Las bocinas de los carros no paraban de sonar, haciendo de la avenida Arequipa un escándalo, una fiesta. ¿China, cuánto? ¿Cuánto? Era la pregunta obligada”.

Los “proxenetas”, sus colegas, salieron al paso del admirador y le ofrecieron más, con lo que por fin lo derrotaron.

“Al cabo de unos minutos el cliente ya estaba desertando. Cansado y mojado por la garúa, se alejaba del lugar. Por fin, dije yo. Aceleré el paso sin dejar de hacer girar la cartera pues la función tenía que continuar”.

Jorge Salazar sazonó la historia con textos sobre historia de la prostitución y reflexiones personales: “Lo que la gran historia, la crónica diaria nos revela, es que algunos individuos, bastantes, tienen una necesidad desesperada de borrar del mundo a esas mujeres que transitan por las calles del mundo, alquilando, vendiendo calidez sobre una fría cama…”.

La penúltima noche Consuelo decidió dar un paso audaz: subirse al auto de un cliente, exponiéndose, abandonando la protección cercana de sus colegas:

“-Oye, acércate pues amiga..

Un volkswagen se detiene, el tipo blanco, ojos claros. Parece respetuoso. Me acerco:

-¿Qué haces?

-Aquí, ¿cuánto cobras?

-Cuarenta dólares o cincuenta soles.

-Achícate un poco.

-Treinta y cinco dólares. Cuarenta soles. Nada menos.

-Ya. Sube pues amor.

Y yo subo. Imploro a los cielos que los muchachos me estén siguiendo en nuestro auto. Zevallos es un buen chofer. Hay que tener confianza, me digo. Y ya estoy arriba.

-Amor ¿tienes un sitio?

-Claro –le digo- al final de la Arequipa. Eso es diez soles nomás.

-No tengo, la verdad es que no tengo tanto. China, la verdad que solo tengo diez mangos, nunca pago más.

Pienso rápido, o mejor dicho, casi ni lo pienso. Y Dios me ayuda: el auto se detiene en un semáforo. Abro rápido la puerta del Volkswagen y salgo como sea… Los faros de un auto atrás me alumbran el rostro. Casi no puedo ver nada. Sí escucho, claramente:

-¡China! ¡China! ¡Eres una mierda!

Y arranca el auto”.

En la penúltima nota, titulada “En la puerta del horno”, Coco Salazar decidió que Consuelo debía dar el paso final, esto es, ir a un hotel, un “telo” con un “cliente”, para así explorar el mundo de los “sitios” de las prostitutas.

Esta vez la reportera fue dejada cerca de un hotelito de Petit Thouars y al instante cayó un cliente, negociaron y entraron al local mientras ella miraba hacia atrás, buscando a sus reporteros.

“El tipo me cogió del brazo y comenzamos a subir las escaleras. Yo estaba asustada, me decía ¿dónde estarán mis ángeles guardianes? No me fallaron mis muchachos. Al llegar al descanso aparecieron los chicos de La Tercera. Torres fue directo: Me cogió del brazo y siguió con la actuación:

-Nos vamos chinita. Ya es muy tarde.

Ante esa aparición mi cliente se quedó sorprendido, mudo. Ya cuando nos fuimos, dijo:

-Puta, hoy estoy piña”.

 

-El final de la historia

 

Salazar estiró la historia lo más que pudo, llenando páginas centrales con grandes fotos. Fueron en total siete capítulos: “Yo fui P…”, “Yo la ví primero”, “La pampa de las otras”,  “¡Cuidado con la huaraca!”  “¿Tienes un sitio, amor?”, “Infierno de hombres”, “En la puerta del horno” y finalmente “Ultimo Paradero”, el 27 de agosto, con síntesis y moraleja. No tuvo La Tercera  más intención que construir una historia interesante sin avanzar más allá, sin tocar la problemática de la prostitución que invadía la avenida Arequipa y buena parte de Lince por aquellos años.

Consuelo retornó a sus tareas de reportera y no hemos encontrado su nombre en otra aventura parecida. Jorge Salazar siguió con su tema favorito, lo policial, fue contratado como profesor de Periodismo Interpretativo en la Universidad San Martín de Porras, que le publicó en cinco tomos la serie “Historia de la Noticia” un extenso recorrido por historia de los crímenes en Lima. También publicó libros sobre viajes y gastronomía. Nos abandonó en Lima en junio del 2008 y su partida definitiva fue lamentada en casi todos los diarios.

¿Y el diario La Tercera?  “Yo fui P..” fue su canto del cisne porque sólo dos meses después el gobierno de Fujimori decidió su cierre definitivo. La última edición circuló el 26 de octubre de 1992.

 

 

Bibliografía consultada

 

Brincourt, Christian y Leblanc, Michel. Los Reporteros. Noguer. Madrid. 1973.

London, Jack. El pueblo del abismo. Valdemar. Madrid. 2003.

Orwell, George. Sin blanca en París y Londres. Debate. Barcelona. 2015.

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